sábado, 3 de enero de 2015

IMPULSO CRIMINAL: LA MENTALIDAD ASESINA

El hoy olvidado Richard Fleisher, fue uno de los artesanos más sólidos del Hollywood clásico y consiguió uno de sus mejores trabajos con esta adaptación de la novela de Meyer Levin que recogía unos estremecedores hechos reales acontecidos en Chicago en 1924 y que ya habían sido la base de la famosa “La Soga” (1948) de Alfred Hitchkock: el asesinato llevado a cabo por dos estudiantes de buena posición social, motivado por el mero hecho de demostrar su superioridad sobre el resto de los mortales. Impulso Criminal es la primera producción de Richard Zanuck, hijo del lejandario productor Darryl F Zanuck, que con el tiempo se situaría en un lugar destacado del cine americano.

Sinopsis: Chicago en los años 20. Dos estudiantes, Judd Steiner (Dean Stockwell) y Arhtur A. Straus (Bradford Dillman), mantienen una peculiar amistad en la que el espontáneo y bromista Arthur domina completamente la personalidad de Judd, introvertido y solitario. Convencidos ambos de la inutilidad de reglas y convenciones sociales y que el mundo debe de ser dominado por los más fuertes, tras intentar matar atropellando a un borracho que vagabundeaba deciden llevar a cabo su más atrevida acción: asesinar a un niño por el mero placer de experimentar la realización de un crimen sobre un inferior.
El caso crea una gran conmoción y sobre el mismo solo hay una pista: una gafas rotas que aparecieron alado del cadáver del niño, atribuidas en principio a la víctima pero que luego se convierten en la principal referencia del caso. Las pesquisas del inquisitivo Fiscal Harold Horn (E,G Marshall) le llevan a identificar a Judd como el propietario de las mismas. Tras someter a ambos estudiantes a un extenuante interrogatorio consigue una confesión en toda regla.
Las acaudaladas familias de los acusados contratan al polémico abogado Johnathan Wilk (Orson Welles), famoso por su capacidad de convicción con los jurados en casos considerados como imposibles. Todo el mundo clama por la aplicación de la pena de muerte a los autores de tan escabros crimen y la defensa de Wilk se centra en evitar la aplicación de la pena de muerte a los acusados.
La película puede ser catalogada como un excelente thriller en el que se muestra de manera precisa y fascinante la personalidad de una mentalidad psicópata y tiene la peculiaridad que los enfermos que la protagonizan son el polo opuesto a la figura del asesino en serie tan característico del cine: muy al contrario dos jóvenes y brillantes estudiantes de ambiente socio-económico distinguido y que experimentan con el crimen como si de una prácticas universitarias se tratara. En el trasfondo de sus acciones es fácil detectar la ideoloía nizteniana del “superhombre”, ese ser superior capaz de actuar por encima de una moralidad que se deriva de unos presuntos valores emanados por los estados. Es muy interesante la peculiar relación establecida entre ambos y que contiene unos innegables matices homosexuales, que dado el año en la que fue filmada la cinta, no podían ser expuestos de forma precisa por motivos de censura.
Desde el comienzo de los tiempos el homicidio ha sido uno de los principales delitos contra el que han luchado los sistemas judiciales. La vida humana considerada como bien jurídico esencial ha tratado de ser protegida con mayor o menor fortuna a lo largo de los tiempos. Es cierto que las desigualdades sociales institucionalizadas jurídicamente durante no pocos años ha provocado que la persecución de los asesinos hay sido distinta a lo largo de los tiempos. Pero desde la consagración del constitucionalismo, la doctrina de los Derechos Humanos y la aparición de los Códigos Penales son raras las sociedades que no condenan el crimen salvo que concurran eximentes tales como estado de guerra, legítima defensa o incapacidad mental del autor para conocer la trascendencia de sus acciones (la llamada enajenación mental).

En “Impulso Criminal” los asesinos son conscientes del crimen que cometen, pero su retorcida mentalidad les impide discernir entre el bien o el mal. No tratan de justificar sus acciones, ya que las mismas responden a una mentalidad en la que los más aptos y capaces pueden disponer de los menos útiles simplemente por el hecho de ser seres inferiores. Es un crimen consciente al cien por cien. De esta guisa la defensa del personaje de Orson Welles no trata de introducir ningún concepto de duda razonable y de culpar a sus clientes, sino de convencer al jurado que la Justicia no puede circunscribirse a una mera aplicación de la “ley del talión” y que ejecutar a dos jóvenes que muestran claros signos de perturbación psicológica pondría a los juzgadores a la misma altura que los asesinos. De tal forma que la película también aborda uno de los asuntos penales más candentes: la legitimación de los estados para aplicar la pena de muerte sobre sus reos, una eterna discusión jurídica que a fecha de hoy todavía no se ha agotado. No deja de ser curioso que tras su emotivo discurso que consigue evitar la silla elçectrica a sus clientes, el abogado defensor , un ateo reconocido, invoque una posible fuerza sobrenatural que provocara que a uno de los asesinos se le cayeran las gafas accidentalmente; tal vez la idea de justicia divina no sea tan absurda.

Con unas interpretaciones poderosas (su trio protagonista Welles, Stocwell y Dillman, recibieron el premio a mejor interpretación masculina en el Festival de Cannes) así como una puesta en escena muy rigurosa y sabiamente centrada en el análisis de sus personales, “Impulso Criminal” es una pequeña joya cinéfila que no hace sino ganar con el paso de los años y que sitúan de forma magistral en la pantalla a unos crimanales refinados pero extremadamente crueles, una senda en no pocas ocasiones utilizada para crear a algunos de los personajes malignos mas memorables de la historia del cine