El hoy olvidado Richard Fleisher, fue
uno de los artesanos más sólidos del Hollywood clásico y consiguió uno de sus
mejores trabajos con esta adaptación de la novela de Meyer Levin que recogía unos estremecedores hechos reales
acontecidos en Chicago en 1924 y que ya habían sido la base de la famosa “La
Soga” (1948) de Alfred Hitchkock: el asesinato llevado a cabo por dos
estudiantes de buena posición social, motivado por el mero hecho de demostrar
su superioridad sobre el resto de los mortales. Impulso Criminal es la primera
producción de Richard Zanuck, hijo del lejandario productor Darryl F Zanuck,
que con el tiempo se situaría en un lugar destacado del cine americano.
Sinopsis: Chicago en los años 20. Dos estudiantes, Judd
Steiner (Dean Stockwell) y Arhtur A. Straus (Bradford Dillman), mantienen una
peculiar amistad en la que el espontáneo y bromista Arthur domina completamente
la personalidad de Judd, introvertido y solitario. Convencidos ambos de la
inutilidad de reglas y convenciones sociales y que el mundo debe de ser
dominado por los más fuertes, tras intentar matar atropellando a un borracho
que vagabundeaba deciden llevar a cabo su más atrevida acción: asesinar a un
niño por el mero placer de experimentar la realización de un crimen sobre un
inferior.
El caso crea una gran conmoción y sobre el mismo solo hay una
pista: una gafas rotas que aparecieron alado del cadáver del niño, atribuidas
en principio a la víctima pero que luego se convierten en la principal
referencia del caso. Las pesquisas del inquisitivo Fiscal Harold Horn (E,G
Marshall) le llevan a identificar a Judd como el propietario de las mismas. Tras
someter a ambos estudiantes a un extenuante interrogatorio consigue una
confesión en toda regla.
Las acaudaladas familias de los acusados contratan al
polémico abogado Johnathan Wilk (Orson Welles), famoso por su capacidad de
convicción con los jurados en casos considerados como imposibles. Todo el mundo
clama por la aplicación de la pena de muerte a los autores de tan escabros
crimen y la defensa de Wilk se centra en evitar la aplicación de la pena de
muerte a los acusados.
La película puede ser catalogada como un excelente thriller
en el que se muestra de manera precisa y fascinante la personalidad de una
mentalidad psicópata y tiene la peculiaridad que los enfermos que la
protagonizan son el polo opuesto a la figura del asesino en serie tan
característico del cine: muy al contrario dos jóvenes y brillantes estudiantes
de ambiente socio-económico distinguido y que experimentan con el crimen como
si de una prácticas universitarias se tratara. En el trasfondo de sus acciones
es fácil detectar la ideoloía nizteniana del “superhombre”, ese ser superior
capaz de actuar por encima de una moralidad que se deriva de unos presuntos
valores emanados por los estados. Es muy interesante la peculiar relación
establecida entre ambos y que contiene unos innegables matices homosexuales,
que dado el año en la que fue filmada la cinta, no podían ser expuestos de
forma precisa por motivos de censura.
Desde el comienzo de los tiempos el homicidio ha sido uno de
los principales delitos contra el que han luchado los sistemas judiciales. La
vida humana considerada como bien jurídico esencial ha tratado de ser protegida
con mayor o menor fortuna a lo largo de los tiempos. Es cierto que las
desigualdades sociales institucionalizadas jurídicamente durante no pocos años
ha provocado que la persecución de los asesinos hay sido distinta a lo largo de
los tiempos. Pero desde la consagración del constitucionalismo, la doctrina de
los Derechos Humanos y la aparición de los Códigos Penales son raras las
sociedades que no condenan el crimen salvo que concurran eximentes tales como
estado de guerra, legítima defensa o incapacidad mental del autor para conocer la
trascendencia de sus acciones (la llamada enajenación mental).
En “Impulso Criminal” los asesinos son conscientes del crimen
que cometen, pero su retorcida mentalidad les impide discernir entre el bien o
el mal. No tratan de justificar sus acciones, ya que las mismas responden a una
mentalidad en la que los más aptos y capaces pueden disponer de los menos útiles
simplemente por el hecho de ser seres inferiores. Es un crimen consciente al
cien por cien. De esta guisa la defensa del personaje de Orson Welles no trata
de introducir ningún concepto de duda razonable y de culpar a sus clientes,
sino de convencer al jurado que la Justicia no puede circunscribirse a una mera
aplicación de la “ley del talión” y que ejecutar a dos jóvenes que muestran
claros signos de perturbación psicológica pondría a los juzgadores a la misma
altura que los asesinos. De tal forma que la película también aborda uno de los
asuntos penales más candentes: la legitimación de los estados para aplicar la
pena de muerte sobre sus reos, una eterna discusión jurídica que a fecha de hoy
todavía no se ha agotado. No deja de ser curioso que tras su emotivo discurso
que consigue evitar la silla elçectrica a sus clientes, el abogado defensor ,
un ateo reconocido, invoque una posible fuerza sobrenatural que provocara que a
uno de los asesinos se le cayeran las gafas accidentalmente; tal vez la idea de
justicia divina no sea tan absurda.
Con unas interpretaciones poderosas (su trio protagonista
Welles, Stocwell y Dillman, recibieron el premio a mejor interpretación masculina
en el Festival de Cannes) así como una puesta en escena muy rigurosa y
sabiamente centrada en el análisis de sus personales, “Impulso Criminal” es una
pequeña joya cinéfila que no hace sino ganar con el paso de los años y que
sitúan de forma magistral en la pantalla a unos crimanales refinados pero extremadamente
crueles, una senda en no pocas ocasiones utilizada para crear a algunos de los
personajes malignos mas memorables de la historia del cine

