jueves, 15 de mayo de 2014

LA HOGUERA DE LAS VANIDADES: EL PROCESO MEDIÁTICO

Basada en una exitosa novela de Tom Wolfe, el llamado creador del “nuevo periodismo”, la película rodada por el innovador Brian de Palma fue, sin embargo, un clamoroso fracaso de crítica y público, pese a contar con un elenco de intérpretes destacado como Tom Hanks, Melanie Griffith, Bruce Willis o Morgan Freeman. Pero lo cierto es que el director y los actores fueron sometidos a un juicio poco benévolo de la crítica especializada que consideró que la película en ningún momento se situaba a la altura del material literario en el que estaba basado, una crítica ácida al materialismo despiadado de la alta sociedad neoyorkina de los años 80, así como los oscuros intereses que mueven a algunos presuntos garantes del orden y la moralidad. De Palma un especialista en el cine de suspense con impactantes imágenes de violencia muy estilizada, no pudo desenvolverse con soltura en el terreno de la comedia costumbrista con sentido crítico, aunque vista con el tiempo quizá la cinta no era merecedora de tanto reproche, aun sin ser ni mucho menos una obra maestra,

Pese a todo se trata de una obra interesante en la medida en la que en ella se pude rescatar un tema jurídico muy candente en nuestros días: los procesos judiciales en los que la impartición objetiva de justicia casi pasa a un segundo plano por los intereses creados en torno al mismo, y cómo dichos procesos están muy condicionados por factores externos, del Derecho.
Sinopsis: Sherman MaCoy (Tom Hanks) es un acaudalado ejecutivo de bolsa neoyorquino  mantiene un romance secreto con la mujer de otro millonario, (Melanie Griffith); en una cita clandestina con su amante son asaltados por un delincuente negro mientras están en el coche del ejecutivo. La mujer, asustada, acelera y atropella al ratero dándose a la fuga. Aunque MaCoy quiere ir a la policía, la mujer se opone ya que ambos son casados y ello provocaría un escándalo.
El muchacho de color que quedó en coma tras el atropello es utilizado por un predicador televisivo como ejemplo de la marginación a la que es sometida la comunidad negra. Ello provoca que el Fiscal de Distrito (F. Murray Abraham) ponga todo su celo en encontrar al culpable, dado que aspira a convertirse alcalde de Nueva York, y dejar impune el crimen supone una pérdida de imagen ante las minorías étnicas cuyo voto puede ser decisivo. Cuando las pesquisas llevan a que el titular del vehículo es un exitoso ejecutivo de Bolsa de Wall Street, blanco, anglosajón y protestante, así como millonario; la Fiscalía pone todo su celo en conseguir su condena y los medios de comunicación, comandados por un periodista alcohólico que ve en el caso la posibilidad de redimirse (Bruce Willis) montan un espectáculo mediático en torno al proceso.
Aunque como hemos señalado anteriormente “La Hoguera de las Vanidades” es uno de los grandes fiascos del cine americano de los 90, su temática nos lleva a ponernos enfrente del indudable hecho de cómo los intereses políticos y periodísticos pueden influir en un caso frente a un tribunal. Al comienzo de la película el Juez Leonard (Morgan Freeman) le reprocha al ayudante del Fiscal que traiga al Juzgado una causa sin fundamento sólo porque el acusado es blanco. “Sé que su jefe, el Fiscal Abbe Weiis, que piensa todo el día y sueña toda la noche en convertirse en Alcalde de Nueva York, está buscando a su gran acusado blanco, pero no lo hará en mi tribunal”. ¿El Motivo?. Buscar el voto de los negros y latinos del Bronx con la condena de una blanco acaudalado que demuestre a esos colectivos, cuyo voto vale igual que el de los blancos, que la mano de la justicia alcanza a todos. Cuando MaCoy tiene la desgracia de verse implicado en el accidente de un delincuente de color ha cavado su tumba; nada mejor que un pijo de Manhattan para darle carnaza a la masa. El bróker no sólo luchará frente a los acusadores públicos, también frente a una campaña mediática que trata de presentar la causa contra el mismo en un show televisivo que atraiga la atención de la audiencia y la manipulación de un predicador, el reverendo Bacon (John Hancock), que trata de sacar partido político de la muerte de un afroamericano.
Por lo tanto el enjuiciamiento del acusado está muy determinado por el entorno que rodea al juicio. Su absolución es considerada como inaceptable por la opinión pública, que espera una condena ejemplar gracias a la labor de propaganda de determinados focos de poder de la sociedad. También la Fiscalía actúa sin su objeto esencial de defender la legalidad y lo que busca es el rendimiento electoral, algo propio de un modelo como el norteamericano en el que los Fiscales de Distrito son elegidos de forma democrática y tienen una supervivencia condicionada a las condenas que obtengan y el impacto que provoquen en el electorado. Es una diferencia esencial del modelo anglosajón de acusación pública frente al occidental europeo, en el que la Fiscalía se integra como organismo independiente y profesionalizado, al margen de elecciones.

En los últimos años hemos sido testigos de numerosos juicios con gran relevancia en los medios y en la opinión pública. Piénsese en casos como los atentados del 11-M, los asesinatos del GAL, la financiación irregular de los partidos, o los oscuros manejos financieros del yerno del Rey. Causas con muchos intereses creados y que dificultan tremendamente la labor de los encargados de juzgarlas, ya que sus decisiones son analizadas con lupa y en muchas ocasiones, sin mucha objetividad. En no pocas ocasiones la sociedad espera condenas ejemplares y los partidos políticos y la prensa ejercen no poca presión en el desarrollo de los trámites procesales. Muchas similitudes con los temas tratados en la película de Brian de Palma, que si bien pude quedarse corta como crónica social ácida, si pude utilizarse como buena muestra de un proceso sin garantías suficientes para un acusado, debido a ser quien es. Esto es la negación del principio de igualdad ante la ley y a un juicio justo. Dentro del tono crítico de la película no es extraño que acusado se salve de la condena mintiendo ante el tribunal: con un testimonio perjuro asegura que una cinta magnetofónica en la que se escucha que él no conducía el coche, sino su amante, ha sido grabada por él, único medio procesal para que la prueba sea aceptada por el Juez que en función de dicha evidencia absuelve al acusado. Una acción inmoral pero que puede entenderse desde la perspectiva de quien ha sido más objeto de un linchamiento que de un enjuiciamiento. El propio Magistrado termina reprochando a todos los implicados su escasa moralidad durante toda la causa y que una sala de Justicia debe de estar por encima de los intereses particulares. En definitiva una historia con una visión muy nihilista de la sociedad contemporánea y su escaso sentido de la Justicia.
Pregunta:
¿Los procesos con gran trascendencia social mantiene todas las garantías para los acusados?..¿Qué papel debe desempeñar la prensa en ellos?¿Cómo mera informadora o también debe dar su opinión?


miércoles, 14 de mayo de 2014

EL MOTÍN DEL CAINE: LA LEGITIMIDAD DE LA REBELDÍA

Edward Dmytryk, fue uno de los directores que sufrió en sus carnes, la implacable persecución que instigó el Senado norteamericano tras la II Guerra Mundial para erradicar el izquierdismo de muchos realizadores destacados del cine de la postguerra. Este cineasta de origen ucraniano, fue encarcelado por pertenencia al Partido Comunista y se vio obligado a delatar a antiguos compañeros para salir de prisión, esa triste circunstancia dejó marcada una carrera que ostenta títulos muy interesantes, entre ellos esta cinta de juicios militares, que engloba una profunda reflexión sobre la legitimidad del mando.
Basada en una novela de Herman Wouk, ganadora del Premio Pulitzer en 1952, la historia fue objeto de una rápida y exitosa recreación teatral, con Henry Fonda en el papel protagonista. Hollywood se hizo rápidamente con los derechos para el cine a través del productor Stanley Kramer, siempre ávido de historias profundas y con gancho, que decidió rehabilitar al defenestrado Dmytrick otorgándole la dirección de una película que contó con un reparto de auténtico lujo. Humphrey Bogart, Van Johnson, Fred MacMurray o José Ferrer. La elección de Bogart para un papel tan alejado de aquellos que le habían otorgado fama y hasta y un aura de leyenda no era en modo alguno aleatoria, desde “La Reina de áfrica” (1951, John Huston) el intérprete había demostrado una versatilidad notable y sus personajes se ajustaban más a su edad y el demacrado rostro que años de alcoholismo y tabaco le habían producido. Su neurótico capitán Queeg, quedaría como uno de sus mejores momentos de su carrera. Richard Widmark fue propuesto para el mismo rol, pero el productor finalmente se decantó por Bogart.

Sinopsis: En plena Guerra Mundial, el joven y brillante oficial Willie Keith (Robert Francis) es destinado a un barco de guerra, el Caine, en donde impera un aire relajado debido a cierto paternalismo que su veterano capitán muestra en el mando. Cuando este es sustituido por otro militar, el capitán Queeg (Humphrey Bogart), Keith se alegra porque considera que el barco no tiene la disciplina adecuada y en él no está aprendiendo lo que debería.
Muy al contrario que su antecesor Queeg, impone una férrea disciplina desde el primer día y presta una obsesiva atención hacia los detalles nimios como la higiene de los hombres o que lleven el uniforme de forma adecuada. Ello le empieza a granjear la hostilidad de los oficiales del barco Steve Maryk (Van Johnson) y Tom Keefer (Fred MacMurray) al que llega a prohibir escribir una novela. A medida que pasan los días el carácter obsesivo del capitán se va  incrementando y sus oficiales empiezan a dudar incluso, que su salud mental sea la adecuada. Queeg `percibe que sus hombres no le apoyan ni le respetan, y empieza a desconfiar de todos y cada uno de los integrantes del Caine, llevando a la tripulación a una situación límite por sus órdenes absurdas y su afán por sancionar a todo aquel que él considera que no cumple sus instrucciones. Keefer intenta convencer a Maryk que, como primer oficial y segundo de a bordo, denuncie el caso a las autoridades de la marina, para lo que cuenta con el apoyo del joven Keith, que también ha perdido toda su confianza en el capitán, al que ve como un lunático. Maryk se niega al principio, aunque en el fondo comparte las ideas de sus compañeros. Cuando en un temporal que pone en peligro al barco, Queeg se bloquea completamente, el segundo oficial del barco decide relevarle con el apoyo expreso de Keith, ante la mirada de Keefer, que de forma cobarde y a pesar de haber sido el instigador del motín, decide no sumarse públicamente al mismo.
Maryk y Keith son acusados de amotinamiento y traición mientras Keefer queda al margen. Su abogado defensor Barney Greenwald (José Ferrer) ve muy difícil su caso, pero accede a defenderles. El juicio se pone feo para los oficiales acusados hasta que el letrado decide jugar su última carta; llamar a Queeg a declarar. Ante las incisivas preguntas del abogado , el capitán pierde la compostura y su trastorno queda en evidencia de los miembros del jurado. Mientras los absueltos celebran su victoria, Greenwald se presenta borracho en la fiesta y les escupe que, en realidad, ellos fueron unos malos oficiales que no apoyaron a su capitán cuando éste lo necesitaba y que un jefe no se le obedece por ser simpático, sino porque es el que lleva el duro peso del mando.
De impecable acabado formal, “El Motín del Caine” es un fascinante análisis sobre la legitimidad del mando, de la forma de ejercer el liderazgo y de los comportamientos humanos en situaciones límite. El capitán Queeg es un amante de la disciplina y el orden, pero no sabe medir bien el grado de exigencia sobre sus hombres y termina llevando a los mismos al hastío y el amotinamiento. Su rigidez externa esconde en el fondo un carácter débil y acomplejado: en situaciones de máxima tensión o actúa como un cobarde o se bloquea. Su apariencia de ogro inflexible trata de ocultar a toda costa, los síntomas evidentes de un trastorno de la personalidad, agravado por la presión que para el mismo supone el mando. Es, por lo tanto, una figura única dentro del análisis del mundo militar que el cine americano ha ofrecido de los soldados yanquis. Durante el juicio, la defensa de los acusados se centra en demostrar el desequilibrio que sufre el capitán, aspecto que se torna en harto complicado cuando peritos expertos diagnostican que Queeg goza de una perfecta salud psíquica y tienen  que ser la presión a que es sometido por parte del abogado defensor la que le haga perder los estribos. Durante el juicio la acusación interroga hábilmente a los testigos presenciales y acusados, remarcando el hecho de que ninguno de ellos es especialista en psiquiatría, de tal forma que bajo ningún concepto pueden asegurar con certeza que el capitán ponía en peligro la integridad del barco por su inestabilidad emocional. Queeg se derrumba al ser interrogado sobre sus comportamientos poco habituales y su testimonio, nervioso e incorrecto termina por volverse en su contra. Esto demuestra las dificultades probatorias que habitualmente existen en procesos centrados en la posible incapacitación psíquica de alguien, puesto que los expertos periciales no suelen ver al presunto trastornado en situaciones de estrés máximo que les hagan revelar sus flaquezas; en una compleja rama de la ciencia como la psiquiatría la demostración científica resulta tremendamente complicada.
Ante esa situación ¿qué deben hacer los oficiales del Caine?. ¿Prestar lealtad y acatar las órdenes de un mando al que no respetan?. Las leyes militares les habilitan a actuar en caso de gravedad extrema, pero las dificultades posteriores de demostración que su acción fue proporcionada y las graves consecuencias de asumirlas (nada menos que un consejo de guerra) suponen la inserción de un notable elemento dramático en la trama. En esta circunstancia cobra una especial relevancia el personaje de Keefer, un intelectual cuyas opiniones son muy consideradas por el resto de oficiales, que es en realidad el que empieza a instar la rebelión y a convencer a sus compañeros que el capitán es un perturbado mental. Pero a la hora de dar el paso decisivo, tanto en cuanto a denunciar al Almirante de la flota la situación, como  a sumarse al despojo del mando a Queeg, Keefer revela su auténtica naturaleza cobarde y tira la piedra pero esconde la mano. Incluso llega a mentir en el juicio para salvar su pellejo.
Steve Maryk, por su parte, es un hombre honrado y no quiere llegar a amotinarse, pero la presión psicológica que sufre de sus compañeros que le incitan a que tome medidas contra el complejo capitán, le obliga a tomar finalmente partido por la decisión más difícil de su vida; es el personaje que más sufre con la situación dada la lucha que se establece entre su conciencia y su deber como soldado. Willie Keith es un observador al principio imparcial y, con el tiempo, implicado. Su falta de experiencia en labores de mando le hacen sentirse inseguro y no sabe muy bien qué partido tomar. Idolatra al principio al capitán, al que ve como un militar duro y competente, pero cambia su opinión cuando empieza a recibir reprimendas del mismo por cuestiones triviales y contempla sus excéntricas decisiones destinadas a reforzar su autoridad. En realidad la experiencia del Caine sirve al joven de aprendizaje esencial: con tiempo comprenderá que el viejo capitán que tuvo al principio, con su aire benevolente y paternalista comprendía perfectamente a los integrantes de su tripulación y la devoción que por el mismo profesaba la misma, no era injustificada ni aleatoria como al principio pensaba. De estas vivencias saldrá un gran oficial.
Por lo tanto más allá de su contenido judicial, “El Motín del Caine” trata uno de los elementos esenciales de la institución castrense, con el tiempo extendida a otros campos como la empresa o el deporte: el ejercicio del mando debe de legitimarse con actuaciones de aquellos que lo ostentan. La peculiaridad de esta película reside en que Queeg, en el fondo no es un mal hombre, sino un  perturbado que ostenta un poder que no puede asumir. Tal vez por esa circunstancia, el final  pone en entredicho la actuación de los amotinados: su abogado defensor se arrepiente de haber forzado el derrumbamiento del capitán y les echa en cara que en un momento dado, el mismo les pidió comprensión y ayuda sin que a cambio obtuviera más respuesta que la indiferencia de los oficiales, circunstancia que agravó la situación hasta el desenlace final. En definitiva un elemento más de debate respecto de las relaciones entre los hombres sometidos a la presión de la guerra.

Las interpretaciones de todos los miembros del reparte justifican por si  mismas el visionado de esta excelente cinta: Bogart está sublime en su papel de atormentado oficial, con sus bolitas de mano permenentemente usadas para irritación de todos aquellos que lo rodean. Candidato al permio de la Academia al mejor actor (como la película y el guión) se trató de su último gran papel, antes de su fallecimiento en 1957, demostró que aquellos que le recriminaban que sólo era capaz de interpretar un tipo concreto de personajes, estaban muy equivocados. MaCmurray siguió en su línea sólida, no siempre bien reconocida y su cínico oficial adquiere una importancia capital en el desarrollo de los acontecimientos. Hasta el habitualmente estólido Van Johnson se sitúa en un alinea muy superior a su media. Queda eso sí, el reproche a la más bien innecesaria y poco ensamblada historia de amor protagonizada por Keith  que interrumpe en no pocas ocasiones el ritmo de la acción y que parece demasiado forzada para resultar creíble:
A título de curiosidad hay que destacar en el año de su estreno 1954, un joven actor inglés se encontraba hablando con su agente en una cabina telefónica cuando el mismo le dijo que el nombre artístico de Michael Scott no tenía gancho y que pensara en otro distinto. El joven intérprete se dio cuenta entonces que en cine Odeon proyectaban esta película y decidió adoptar como apellido el nombre del barco del film. Por lo tanto, aquel día, Maurice Micklewhite, se convirtió definitivamente en Michael Caine, que el tiempo situaría como uno de los intérpretes claves de su generación,
Pregunta:
¿El liderazgo indebido legitima la desobediencia por parte de los inferiores?¿El mundo militar prevé adecuadamente el mal uso del mando?.


sábado, 10 de mayo de 2014

EL MISTERIO VON BULOW: LA LABOR DEL ABOGADO

Interesantísima cinta judicial que resulta destacable por tratarse de uno de los mejores retratos que el mundo del cine ha hecho de la labor de un abogado defensor. Al contrario que la mayoría de películas del género, que señalan a los letrados como incesantes buscadores de grandes argumentos y pruebas imposibles, esta cinta del no muy conocido Barbet Schoreder, disecciona de forma muy eficiente la elaboración de una teoría jurídica que logra desmontar una condena por homicidio.
La singularidad de “El Misterio……”se encuentra en que se trata de un caso real que conmocionó a la alta sociedad neoyorkina a comienzos de los 80 cuando el aristócrata europeo Klaus Von Bulow fue acusado de provocar la muerte de su riquísima mujer Sunny y tras una apelación presentada por el `prestigioso penalista Alan Dershowuitz, se liberó de la condena impuesta en primera instancia. El letrado y profesor universitario recogió sus experiencias del proceso en el libro “Reversal of Fortune”, que en 1990 sería la base de esta producción, gracias a la cual el británico Jeremy Irons ganó el Oscar al mejor actor de ese año.

Sinopsis: En el Nueva York de 1980 la acaudalada Sunny Von Boluw (Glenn Close), está en esta vegetativo por dos ataques casi consecutivos. Los hijos de la infeliz millonaria sospechan que su padrastro Klaus (Jeremy Irons), un elegante aristócrata europeo, aunque en realidad carente de fortuna personal, puede ser el responsable de su situación, sobre todo a raíz del descubrimiento de una jeringuilla con insulina, en el baño de la víctima, algo sospechoso teniendo en cuenta que Sunny no era diabética. A través de una investigación privada se descubren una serie de indicio que hacen nacer la sospecha que el marido de la millonaria pudo ir provocando progresivamente el deterioro de su mujer, de carácter depresivo y adicta a los fármacos. Además desde hace tiempo Von Bulow tenía una amante, Andrea, que le presionaba para dejar a su mujer y casarse con ella.
Acusado formalmente el aristócrata es condenado por homicidio premeditado y, a instancias de su amante, decide contrata los servicios de Alan Dershowuitz (Ron Silver) un penalista de origen judío cuyo carácter se sitúa en las antípodas de su cliente, pero a pesar de la antipatía personal entre ambos, el letrado decide aceptar el caso por dos motivos: los honorarios que le cobrará al aristócrata le permitirán llevar casos más altruistas de forma gratuita, y el asunto es un desafío a su capacidad como abogado dada su dificultad, ya que la sociedad ha condenado de antemano a Von Bulow, y además Dershowuitz acaba de vivir un fracaso profesional importante tras no ser capaz de salvar a dos muchachos de color de la condena por asesinato.
La película sitúa la acción en dos planos distintos: la relación entre Sunny y Von Bulow, estructurada a través de diversos flash-backs  y la labor del abogado defensor en búsqueda de la apelación perfecta. Un aspecto destacado es que en ningún momento se muestra un juicio de valor sobre la culpabilidad o inocencia del acusado. Dershowuitz y su equipo, formado por estudiantes de la universidad donde da clases, parten de la base que su enfoque del caso debe ser completamente aséptico y deben de centrarse en los errores formales cometidos por la acusación para desmontar el veredicto de culpabilidad. No se trata pues de demostrar que Von Bulow es inocente, sino que el estado ha utilizado mecanismos poco sólidos para acusarle y condenarlo. En definitiva el sistema legal es un todo coherente y sistemático que no aspira a buscar la verdad sobre los hechos, sino a enjuiciarlos de forma objetiva respetando siempre el principio esencial que cualquier fisura en la acusación debe dar lugar a la absolución del sospechoso. Von Bulow ha sido condenado con pruebas circunstanciales: nadie le ha visto inyectar insulina a su mujer, por lo que no existe la certeza que lo hiciese él. En su contra se encuentra el hecho de que un poderoso móvil le podía dar la motivación para el crimen; la muerte de su mujer le suponía nada menos que 14 millones de dólares. Además en los últimos tiempos su convivencia matrimonial se había convertido en un infierno por las continuas infidelidades de Klaus; las ventajas que traía consigo la muerte de su cónyuge eran claras.

De sus largas conversaciones con su defendido Dershowuitz llega a la conclusión que debe de  trabajar sobre la base de una teoría que rebata la acusación: fue la propia víctima la quien, hastiada por su fracaso matrimonial y su infelicidad insuperable se provocó su coma mediante las inyecciones de insulina y el consumo de pastillas. Cómo nadie fue testigo de los hechos salvo los propios implicados, la presentación de un argumento coherente en la apelación es el punto de partida para que esta prospere. Pero al letrado le queda por superar un escollo, de conformidad con las normas procesales no es posible introducir hechos nuevos en la apelación, en este caso los intentos de suicidio, ni impugnar la veracidad pruebas médicas, pero su equipo de colaboradores encuentra un precedente jurisprudencial que avala esa posibilidad siempre y cuando esos hecho permitan sostener una teoría que se oponga a la de la acusación y siembre la duda en el tribunal, cosa que al final consigue. De nuevo las peculiaridades del derecho anglosajón, y la importancia esencial de la costumbre y los precedentes en el mismo, aparece en una producción cinematográfica norteamericana. Por lo tanto la película muestra de forma precisa una construcción de una argumentación jurídica sólida, apoyada en los testimonios del acusado, los hechos conocidos y los precedentes judiciales; una magnifica clase de derecho práctico entrelazada con el drama personal de un matrimonio roto.
Al final de la cinta, cuando la victoria judicial del aristócrata le ha salvado de la cárcel, el incisivo profesor le espeta una frase muy reveladora. “Jurídicamente ha sido un gran éxito, moralmente se encuentra usted sólo”. Es una frase muy reveladora de la ideología de la película: la verdad sólo pertenece a aquellos que estuvieron presentes en el drama, pero el enjuiciamiento de la misma debe dejar de lado las especulaciones. Aunque el abogado no sienta simpatía por su cliente, y aún más, pese a que puede ser culpable, eso es algo que no debe influenciar en su labor como experto en leyes.
Pregunta:

¿Los sistemas legales aspiran a descubrir la verdad o a dar una solución coherente a los litigios que se les plantean?

sábado, 3 de mayo de 2014

LA CAJA DE MÚSICA: EL DOLOR DE LA VERDAD

El realizador franco-griego Costa- Gravas siempre se ha caracterizado por su fuerte compromiso político y buscar temas trascendentes en cada una de sus realizaciones. “Desaparecido” (1982) sobre la complicidad de la CIA con la dictadura del general Pinochet, le abrió las puertas del mercado americano y en 1989 obtuvo uno de los grandes éxitos de su carrera con esta notable cinta judicial que retoma el siempre interesante asunto de los crímenes del nazismo, con la que ganó el Oso de Plata en el Festival de Berlín de ese mismo año.
La cinta contó con un buen guion de Joe Eszterhas, que años más tarde rompería el record de salario para un escritor cuando recibió la friolera de tres millones de dólares de 1991 por el tratamiento de Instinto Básico. La historia que inspiró a Eszterhas, tuvo dos fuentes: el caso auténtico del criminal de guerra John Demjanjuk, un inmigrante de origen ucraniano que se instaló en Estados Unidos tras la II Guerra Mundial, y que tras ganarse honradamente la vida en el sector del automóvil fue reclamado por el Gobierno de Israel en 1983 como uno de los participantes del Holocausto en el campo de concentración de Sobibor en Polonia, en donde era conocido como Iván el Terrible siendo acusado de participar en la muerte de cerca de 30.000 judíos, Demjanjuk,fue extraditado a Israel y encontrado culpable por el Tribunal que le juzgó, aunque la pena de muerte a la que fue condenado fue anulada en posterior apelación. Tras siete años en prisión volvería a América en donde inició diversos procesos judiciales que concluyeron con su pérdida de ciudadanía norteamericana.
La segunda de esas fuentes estaba en la propia historia personal del guionista: Eszterhas, de origen húngaro, descubrió que su propio padre estaba siendo investigado por el departamento de Justicia norteamericano debido a su pasado fascista en la Hungría de los años 30-40, en la que se había destacado como  propagandista anti-semita, motivo por el cual cortó toda relación con su padre. Esta trágica historia tuvo un indudable influjo en el desarrollo de la trama.

Sinopsis: Anne Talbot (Jessica Lange) es una destacada abogada de Chicago que un día recibe una noticia que cambia el signo de su vida: el FBI le anuncia que su padre Mike Lazlo, (Armin Mueller-Stah), un inmigrante húngaro que se ha destacado por su furibundo anti-comunismo, ha sido formalmente acusado de crímenes de guerra durante la II Guerra Mundial, en la que presuntamente participó en unidades de la muerte húngaras que colaboraban con los nazis durante la invasión alemana de su país de origen. El fiscal del caso Jack Burke (Frederic Forrest) cuanta con varios testimonios de antiguas víctimas que pueden reconocer a Lazlo como autor de atrocidades durante aquellos días y el gobierno comunista húngaro solicita su extradición
Su padre la convence para que lleve su defensa y le asegura que todo se debe a una maniobra contra él como consecuencia de su destacada oposición al régimen  que ahora rige en su país de origen. Como Talbol es una buena abogada, consigue desmontar los argumentos en contra de su progenitor, en especial al poner en duda la fiabilidad de los testigos, en su mayoría gente muy mayor y con un recuerdo algo borroso de aquellos terribles acontecimientos que ha  tratado de olvidar. No obstante, a medida que el panorama judicial de su padre se empieza a aclarar sus dudas como hija empiezan a incrementarse……..
En 1950, el nuevo Estado de Israel creaba la llamada “Ley sobre castigo a los Nazis y sus colaboradores” un texto jurídico muy polémico que otorgaba al gobierno israelí la capacidad para pedir la extradición de los criminales de guerra nazis escondidos por todo el mundo y a los Tribunales israelitas la potestad para juzgarlos y condenarlos. Fue una figura muy controvertida desde el punto de vista jurídico, ya que suponía que un Estado juzgaría a nacionales de otros territorios en función de la legitimidad del pueblo judío para perseguir los delitos contra su raza. De lo que se trataba en definitiva era del concepto de justicia universal, que impidiese la impunidad de aquellos responsables de los peores delitos que el ser humano es capaz de cometer.
Lo destacado de esta película es que Costa-Gravas aprovecha la historia jurídica para presentar el retrato sociológico de una familia media americana que simboliza el ideal de la nación surgida de la Revolución de 1776: el inmigrante que encuentra la oportunidad de una vida mejor en un país abierto a todos. Mike Lazlo, es un americano medio, operario de una fábrica, que ha conseguido montar un hogar desde orígenes humildes e incluso contempla con orgullo que  su hija es ahora una prestigiosa abogada que ha subido en el escalafón social. Su comunidad le toma como referente y sus hijos así como su nieto le idolatran. Nadie sospecha el tenebroso pasado que esconde y que ahora se presenta como fantasma que irrumpe en una vida ordenada y sin grandes sobresaltos salvo los derivados de la convivencia cotidiana como el divorcio de su hija.
Anne Talbot tiene ante sí el desafío de salvar a su progenitor de una acusación que considera injusta y monta una estrategia jurídica fundamentada en sembrar una duda razonable sobre la identificación de su padre como el responsable de esos asesinatos. El Fiscal del caso ha puesto todo el celo del mundo en preparar a sus testigos y la letrada demuestra que alguna de las prácticas de la acusación son poco fiables, en especial en cuanto a convencer a esos testigos de lo que debían de decir en el juicio; de hecho el acusador público esconde un oscuro pasado, su mujer falleció en un accidente de tráfico en el que Burke iba borracho y Talbot le acusa de querer redimirse a costa de su padre. Aun así, el caso parece estar perdido, en gran medida por la presión social que provoca el rechazo a una figura tan tenebrosa como un colaborador del nazismo, así que Talbot, desesperada, se ve obligada a acudir a su exsuegro, un influyente abogado con importantes contactos políticos que le da la llave para presentar al tribunal una defensa sólida: los soviéticos han urdido una estrategia para incriminar a aquellos que critican su sistema mediante campañas de difamación que implican a inmigrantes del este de Europa (que huyeron del sistema comunista impuesto las la II Guerra Mundial) con las atrocidades del nazismo durante la guerra, algo que cuadra con el hecho de que Mike Lazlo se ha destacado por ser un furibundo anti-comunista, hasta el punto de boicotear una actuación del ballet húngaro en los Estados Unidos.

Por lo tanto, “La Caja de Música” toca todos los temas que suelen acompañar a un proceso con tintes mediáticos: la repercusión de los medios de comunicación, la trascendencia política de la decisión judicial, el manejo de influencias que incidan en el proceso y el seguimiento de la opinión pública por la sensibilidad del tema que se debate. En ella se hacen referencia a los numerosos matices políticos que el enjuiciamiento de Lazlo tiene, sobre todo en lo referente a las oscuras relaciones mantenidas entre las potencias aliadas ganadoras de la guerra mundial y los propios derrotados. En la post-guerra mundial se empezaba a fraguar la llamada “guerra fría” que mantuvo un complicado equilibrio para la paz mundial hasta la desintegración de la Unión Soviética en 1991, y aunque la justicia sentenció a muchos responsables del Holocausto, otros menos conocidos conocieron cobijo en el mundo occidental, como colaboradores necesarios en la lucha contra el ogro comunista.
A medida que la abogada va indagando en el caso empieza a tener dudas de sobre la personalidad de su padre, sobre todo a raíz que descubre que durante toda su vida les ha mentido respecto a su profesión de origen: antes de llegar a América no era un campesino, como había dicho toda su vida, sino un policía aunque según él relevado a tareas administrativas. Al final de la película un viaje al todavía Budapest comunista supone un doloroso descubrimiento: al mismo tiempo que consigue el sobreseimiento de la causa, una visita a un antiguo colega de su padre le abre los ojos sobre la verdad de los hechos: en viejas fotografías reconoce al mismo y lo identifica como aquél que los testigos señalaban como asesino en los días oscuros de la guerra. Luego, una vieja caja de música misteriosamente guardada durante años por una persona que había recibido dinero por parte de Lazlo, muestra en su interior las pruebas definitivas que incriminan al inmigrante ucraniano que había rehecho su vida en la tierra de las oportunidades. Así pues, la cinta nos muestra una tesitura clásica de las relaciones entre derecho y moral: el abogado que sabe de la culpabilidad de su cliente pero al que está obligado a defender y en este caso esa circunstancia se da, nada menos, en el contexto de una relación padre-hija y con el trasfondo de terribles delitos. El final de la película resulta una concesión a la carrera comercial del film, al concluir con la denuncia pública de la abogada respecto de su cliente.

La Caja de Música” es una película sólida, muy bien desarrollada y que conjuga de forma muy precisa su compleja temática jurídico-política, con el retrato costumbrista de ciudadanos medios asaltados por un drama inesperado. Jessica Lange, la actriz que había irrumpido con un erotismo desenfrenado en “El Cartero siempre llama dos veces” consiguió uno de los trabajos más destacados de su carrera demostrando capacidad para cambiar sus registros cuando empezaba a asomar en la madurez y su sensualidad cedía al paso de los años. No menos destacado es el rol del intérprete ucraniano Armin Mueller-Stah, en un papel que tuvo candidatos destacados como Kirk Douglas o Walther Matthau, aunque el realizador decidió optar por un actor menos conocido al público americano y aumentar la verosimilitud del personaje.
Pregunta:
¿Debe la familia de una criminal apoyarle en todo caso o rechazarle si ha cometido atrocidades que la sociedad y las leyes rechazan?

DELITOS Y FALTAS: EL CRIMEN SIN CASTIGO

Dentro de la interminable filmografía de Woody Allen, la mezcla de la comedia con el drama es una constante de sus realizaciones. En esta producción de 1989 se atrevió incluso a insertar una historia de tintes policíacos, así como una reflexión sobre la moralidad de las acciones, el precio a pagar por las decisiones y el propio concepto de justicia y moralidad.
En realidad, en 1977 el neoyorkino ya había escrito un borrador sobre la historia de un asesinato, pero lo terminó desechando por el guion de “Annie Hall”, realización que a la postre le valdría el salto al reconocimiento crítico y comercial. A finales de los 80 Allen era ya un reputado director con varios oscars a sus espaldas y con la libetad creativa que siempre había buscado:


Sinopsis: El prestigioso oftalmólogo judío Judah Roshental (Martin Landau) tiene una vida confortable, marcada por el éxito profesional y un matrimonio asentado y sin fisuras aparentes. Sin embargo, desde hace tiempo, está viviendo un infierno personal por el chantaje al que le somete su examante Dolores (Anjelica Huston), una azafata de vuelo neurótica, que no acepta que la aventura ha finalizado y que amenaza con contarle la verdad a su mujer. Judah trata de razonar con ella y decirle que todo ha acabado, pero Dolores se resiste e incluso saca a relucir las irregularidades financieras que el oftalmólogo cometió, cuando trataba de conseguir fondos para un nuevo pabellón de tratamiento de su especialidad. Acosado, el médico acude a su hermano Jack, un mafioso de medio pelo que le dice que la única posibilidad de acabar con el problema es liquidando a Dolores. Juadah al principio rechaza la idea, pero la presión a la que le somete Dolores pone en peligro toda su vida y decide aceptar la sugerencia de su hermano para contratar a un matón que liquide a su fuente de problemas. Cuando el crimen se consuma, los remordimientos acudirán al oftalmólogo, que no se cree lo que acaba de realizar y empieza a preguntarse por el sentido religioso de su vida, algo que había olvidado hace mucho tiempo.
Paralelamente, la película cuenta la historia de Cliff, un frustrado guionista con aspiraciones (Woody Allen) que, por necesidades económicas, se ve obligado a realizar un reportaje sobre su cuñado , Lester, (Adan Alda) un vanidoso e insoportable productor, especialista en programas basura y de consumo fácil, que se sitúan en las antípodas de las aspiraciones artísticas de Cliff.
Aunque la acción de “Delitos y Faltas” se sitúa en dos historias distintas, que desembocan en el desenlace final, lo cierto es que el interés jurídico de la película se concentra en la angustia experiencia de Judah Rosenthal, un ejemplo palmario del triunfo personal pero cuya modélica vida esconde tras de sí un secreto que amenaza con destruir todo aquello que ha cimentado durante toda su vida: por vanidad ha mantenido una doble vida durante casi dos años y cuando decide cortar con su amante, la misma reacciona con despecho y le amenaza. Ante la dramática tesitura que se le plantea Judah decide pasarse al lado oscuro de la condición humana y ordena el asesinato de Dolores, pese a sus reticencias iniciales al darse cuenta que ella no le dejará libre nunca y que está dispuesto a hundir su familia y su reputación por haberla dejado colgada; no sólo su matrimonio está en peligro, también su honorabilidad al amenazarle Dolores con sacar a la luz sus manejos financieros opacos. En definitiva, la muerte del personaje encarnado por Anjelica Huston, supone el quitar una vida para salvar otra: el idílico entorno familiar y laboral del oftalmólogo quedará intacto.
Aun así tras consumarse el crimen, el protagonista sufre un fuerte shock emocional, puesto que no puede legar a creerse que haya realizado una acción de tal trascendencia, nada menos que ordenar la muerte de un ser humano. Las dudas existenciales asaltan a Judah, su padre era un rabino que trató se transmitir a sus hijos que los ojos de Dios lo veían todo y que la justicia divina siempre acababa alcanzando a aquellos que se apartan del camino recto. Por lo tanto, es el viejo tema de la moral religiosa y las normas de convivencia. El ser humano ha creado instituciones y leyes para evitar acciones como las de Judah. Pero ¿Y si el Estado carece de capacidad pata perseguir y castigar el mal? ¿Qué ocurre si el criminal no es reprendido o si  no se aclaran los hechos?. ¿Puede alguien vivir tranquilo con su conciencia, si ha realizado algo terrible, aunque sus acciones no tengan consecuencias en su vida cotidiana?. La culpabilidad asalta a Judah de forma inmediata; su vida se transforma en un infierno por la imposibilidad de estar en paz consigo mismo, incluso baraja la posibilidad de entregarse a la policía. A su mente llegar imágenes que le ponen en contacto con su educación religiosa, durante no pocos años olvidada al tratarse de un hombre de ciencia volcado en su profesión y que ha perdido el sentido religioso de la vida. “Delitos y Faltas”, pues supone un curioso acercamiento al sentido moral de las acciones humanas, y cómo esa moralidad puede llegar a ser un tormento tan duro como el ser castigado por los cauces “oficiales”. Y no olvidemos que la moral es un elemento esencial en la creación de normas jurídicas; de hecho y pese a los numerosos intentos doctrinales de crear un Derecho aséptico y con base científica alejado de prejuicios subjetivos, la mayor parte de sistemas normativos suelen reflejar los valores morales predominantes en la sociedad de ese tiempo. Los delitos como el homicidio, el robo o la estafa, han sido siempre rechazados por una concepción ética que repudiaba esas acciones, y en la mayor parte de legislaciones penales occidentales, hay una indudable huella de la tradición judeo-cristiana.

El final escogido por Allen sin embargo, reafirma su condición de cineasta independiente y fuera de cualquier estereotipo. Frente al habitual desenlace moralizador al que nos tiene acostumbrados el cine en general y el americano en particular, con el castigo del delincuente, en esta ocasión se nos presenta a un Judah tranquilo y relajado, que ha perdido todo vestigio de angustia al darse cuenta que el peligro de ser descubierto ha pasado y que su cómoda existencia no sufre alteración alguna. La escena final le sitúa en un diálogo con Cliff, el oscuro guionista que vive en el fracaso profesional y afectivo, y entre los dos se produce un diálogo extraordinario en el que un Judah responde a la aseveración de Cliff, tras escuchar su historia (en teoría como idea inventada para un guion), de que nadir podría vivir con semejante cargo de conciencia: “Ves demasiadas películas; si quieres un final feliz, ve a ver una película de Hollywood”. Por lo tanto el crimen queda impune y la moralidad no ejerce su función represora en compensación……..la pesadilla de cualquier sistema legal  y ético.
Preguntas:

¿Lo que impide el delito es el temor a la represión penal o una estructura ética en las personas?

DOCE HOMBRES SIN PIEDAD: LA JUSTICIA DEL PUEBLO

Cuando el dramaturgo Reginal Rose fue seleccionado para ser parte de un jurado por un delito de homicidio tuvo comienzo uno de los dramas judiciales  más famosos de la historia. De esa experiencia el escritor sacó la idea de una situación límite: doce hombres enfrentados a la decisión de llevar a un joven de 19 años a la cámara de gas por el asesinato de su padre, un materia de enorme contenido dramático que, asimismo, le permitía reflexionar sobre el sentido de la justicia del ciudadano medio así como el reflejar la piscología de los miembros del jurado en tan trascendente decisión.
Su obra fue adaptada con éxito para la televisión en 1954 y tres años después, una producción modesta la trasladó a la gran pantalla bajo la dirección del entonces debutante Sidney Lumet, un realizador que venía del medio televisivo. El empeño personal de su protagonista, Henry Fonda, fue esencial para sacar adelante el proyecto, ya que renunció a su salario habitual de actor consagrado con tal de poder rodar la película y lo cierto es que el padre de Jane Fonda logró una de las interpretaciones más aclamadas de su brillante carrera. La película fue un éxito de crítica, aunque pasó algo desapercibida por las pantallas pero, en cualquier caso supuso la rampa de lanzamiento de Lumet, que tendría una posición destacada en el cine americano de tres décadas.

Sinopsis: En una calurosa tarde de verano los doce miembros de un jurado deben decidir sobre si condenan o no a un muchacho de los suburbios bajos acusado de apuñalar a su padre, tras recibir una paliza del mismo. En una primera votación once miembros le consideran culpable y sólo uno inocente. El voto discrepante produce gran sorpresa en el jurado, ya que el caso parece muy claro: dos testigos aseguran haber visto al joven acuchillar al padre y la coartada del imputado es muy poco sólida.
El jurado nº 8 asegura que no sabe si es culpable o inocente, pero que cree que deben hablar del caso ya que le parece muy precipitado el decidir que un hombre vaya a la muerte sin haber debatido antes sobre el juicio. Como el veredicto de culpabilidad requiere de unanimidad del jurado, los miembros del mismo se ven obligados a hablar del tema. Ello provoca una situación de tensión que se irá agrandando a medida que el jurado nº 8 haga sembrar en todos la duda sobre lo realmente acontecido.
Durante no pocos años esta pieza teatral ha sido debatida por juristas y sociólogos dada la complejidad y brillantez que encierra. El personaje encarnado por Henry Fonda puede ser considerado como ejemplo válido tanto de las ventajas cómo los peligros que encierra un jurado popular: por un lado supone la voz crítica que obliga a reflexionar sobre la decisión precipitada de condenar a un hombre, y por otro implica un enrevesamiento de los hechos que va creando en los miembros del jurado una duda que puede dar lugar a la excarcelación de un asesino. `Parece un poco forzado, desde el punto de vista de la verosimilitud de la trama que sólo a uno de los doce hombres que dan título a la película se le hayan planteado las dudas que al jurado nº 8 le han llevado a cuestionar el veredicto. En realidad, él hace de abogado defensor del acusado y finalmente logra conseguir su absolución. Pero la virtud de esta película es que dicha actitud logra conseguir un suspense admirable, y un retrato de caracteres asombroso. De hecho no sabemos el nombre de ningún miembro del jurado: sólo nos interesan sus reacciones ante los hechos que nos permiten vislumbrar unos estereotipos humanos muy característicos; por ejemplo el jurado nº 3 (L. J Coob) es el más ferviente defensor de la culpabilidad del joven, llegando incluso a la agresividad, al final se descubrirá que su hostilidad procede de la identificación que ha hecho del acusado con su propio hijo, con el que no se habla desde hace dos años, el nº 4 (E.G Marshall) representa la cordura y el análisis frio y racional de los hechos, el nº 7 (Jack Warden) es un desenfadado vendedor al que sólo le importa acabar pronto para llegar a ver su partido de béisbol y cambia su voto sin criterio, con tal de acabar pronto, y el jurado nº 10 (Ed Begley) no puede por su parte disimular sus prejuicios hacia el entorno social del que procede el acusado.

Muchos temas son tratados en “Doce Hombres sin Piedad”: la consideración del delincuente como víctima de una sociedad que le ha dado la espalada y lo ha machacado, pues el presunto asesino no ha recibido más que palizas y vejaciones desde niño, el papel de los ancianos puesto que el principal testigo de la acusación en un hombre mayor que, según llegan a concluir los miembros del jurado, testifica sólo por el mero hecho de hacerse notar, la indefensión de los pobres en los procesos, puesto que de las deliberaciones se deduce que el abogado de oficio no ha puesto mucho empeño en la defensa del acusado así como el micro somas social que la cámara de Lumet nos muestra creando un ambiente opresivo, hasta angustioso, creando momentos de tensión algo efectistas pero bastante logrados. Uno de los mensajes que aparece en la película es que las pruebas, por claras que parezcan, siempre se pueden mirar desde diversas perspectivas, y que la verdad absoluta es casi imposible de discernir en la sala de un juicio. El proceso mediante el cual el jurado 8 va desmontando los argumentos de la acusación y creando una duda razonable en los once miembro restantes, es un itinerario que permite mostrar cómo lo hechos nos son tan claros como en una primera apariencia se muestran, y que los integrantes de un jurado popular pueden ser muy fácilmente impresionables.
No faltó quien acusó a Lumet de realizar teatro filmado, algo que no se aleja demasiado de la realidad, aunque el director supo dar un sentido cinematográfico acusado a la adaptación con un sabio uso de los primeros planos para transmitir las sensaciones de los protagonistas. Los actores son todos excelentes, ninguno de ellos (con la excepción del protagonista) tuvo nunca la condición de gran estrella, pero se trata de una reunión de algunos de los mejores secundarios de la historia del cine americano.
La obra ha sido objeto de numerosas adaptaciones. De hecho, en España el famoso “Estudio 1” realizó una adaptación en 1973, dirigida por Gustavo Pérez Puig con nombres ilustres de la escena y el cine español como José María Rodero, José Bódalo, Vicente Alexandre o Sancho Gracia.
Preguntas:
¿El jurado no experto en derecho tiene capacidad para decidir sobre un caso, pese a su falta de cualificación jurídica?