Basada en una exitosa novela de Tom
Wolfe, el llamado creador del “nuevo periodismo”, la película rodada por el
innovador Brian de Palma fue, sin embargo, un clamoroso fracaso de crítica y
público, pese a contar con un elenco de intérpretes destacado como Tom Hanks,
Melanie Griffith, Bruce Willis o Morgan Freeman. Pero lo cierto es que el
director y los actores fueron sometidos a un juicio poco benévolo de la crítica
especializada que consideró que la película en ningún momento se situaba a la
altura del material literario en el que estaba basado, una crítica ácida al
materialismo despiadado de la alta sociedad neoyorkina de los años 80, así como
los oscuros intereses que mueven a algunos presuntos garantes del orden y la
moralidad. De Palma un especialista en el cine de suspense con impactantes
imágenes de violencia muy estilizada, no pudo desenvolverse con soltura en el
terreno de la comedia costumbrista con sentido crítico, aunque vista con el
tiempo quizá la cinta no era merecedora de tanto reproche, aun sin ser ni mucho
menos una obra maestra,
Pese a todo se trata de una obra
interesante en la medida en la que en ella se pude rescatar un tema jurídico
muy candente en nuestros días: los procesos judiciales en los que la
impartición objetiva de justicia casi pasa a un segundo plano por los intereses
creados en torno al mismo, y cómo dichos procesos están muy condicionados por
factores externos, del Derecho.
Sinopsis: Sherman MaCoy (Tom Hanks) es
un acaudalado ejecutivo de bolsa neoyorquino mantiene un romance secreto con la mujer de
otro millonario, (Melanie Griffith); en una cita clandestina con su amante son
asaltados por un delincuente negro mientras están en el coche del ejecutivo. La
mujer, asustada, acelera y atropella al ratero dándose a la fuga. Aunque MaCoy
quiere ir a la policía, la mujer se opone ya que ambos son casados y ello provocaría
un escándalo.
El muchacho de color que quedó en coma
tras el atropello es utilizado por un predicador televisivo como ejemplo de la
marginación a la que es sometida la comunidad negra. Ello provoca que el Fiscal
de Distrito (F. Murray Abraham) ponga todo su celo en encontrar al culpable,
dado que aspira a convertirse alcalde de Nueva York, y dejar impune el crimen
supone una pérdida de imagen ante las minorías étnicas cuyo voto puede ser
decisivo. Cuando las pesquisas llevan a que el titular del vehículo es un
exitoso ejecutivo de Bolsa de Wall Street, blanco, anglosajón y protestante,
así como millonario; la Fiscalía pone todo su celo en conseguir su condena y
los medios de comunicación, comandados por un periodista alcohólico que ve en
el caso la posibilidad de redimirse (Bruce Willis) montan un espectáculo
mediático en torno al proceso.
Aunque como hemos señalado
anteriormente “La Hoguera de las
Vanidades” es uno de los grandes fiascos del cine americano de los 90, su
temática nos lleva a ponernos enfrente del indudable hecho de cómo los
intereses políticos y periodísticos pueden influir en un caso frente a un
tribunal. Al comienzo de la película el Juez Leonard (Morgan Freeman) le
reprocha al ayudante del Fiscal que traiga al Juzgado una causa sin fundamento
sólo porque el acusado es blanco. “Sé que
su jefe, el Fiscal Abbe Weiis, que piensa todo el día y sueña toda la noche en
convertirse en Alcalde de Nueva York, está buscando a su gran acusado blanco,
pero no lo hará en mi tribunal”. ¿El Motivo?. Buscar el voto de los negros
y latinos del Bronx con la condena de una blanco acaudalado que demuestre a
esos colectivos, cuyo voto vale igual que el de los blancos, que la mano de la
justicia alcanza a todos. Cuando MaCoy tiene la desgracia de verse implicado en
el accidente de un delincuente de color ha cavado su tumba; nada mejor que un
pijo de Manhattan para darle carnaza a la masa. El bróker no sólo luchará
frente a los acusadores públicos, también frente a una campaña mediática que
trata de presentar la causa contra el mismo en un show televisivo que atraiga
la atención de la audiencia y la manipulación de un predicador, el reverendo
Bacon (John Hancock), que trata de sacar partido político de la muerte de un
afroamericano.
Por lo tanto el enjuiciamiento del
acusado está muy determinado por el entorno que rodea al juicio. Su absolución
es considerada como inaceptable por la opinión pública, que espera una condena
ejemplar gracias a la labor de propaganda de determinados focos de poder de la
sociedad. También la Fiscalía actúa sin su objeto esencial de defender la
legalidad y lo que busca es el rendimiento electoral, algo propio de un modelo
como el norteamericano en el que los Fiscales de Distrito son elegidos de forma
democrática y tienen una supervivencia condicionada a las condenas que obtengan
y el impacto que provoquen en el electorado. Es una diferencia esencial del
modelo anglosajón de acusación pública frente al occidental europeo, en el que
la Fiscalía se integra como organismo independiente y profesionalizado, al
margen de elecciones.
En los últimos años hemos sido
testigos de numerosos juicios con gran relevancia en los medios y en la opinión
pública. Piénsese en casos como los atentados del 11-M, los asesinatos del GAL,
la financiación irregular de los partidos, o los oscuros manejos financieros del
yerno del Rey. Causas con muchos intereses creados y que dificultan
tremendamente la labor de los encargados de juzgarlas, ya que sus decisiones
son analizadas con lupa y en muchas ocasiones, sin mucha objetividad. En no
pocas ocasiones la sociedad espera condenas ejemplares y los partidos políticos
y la prensa ejercen no poca presión en el desarrollo de los trámites
procesales. Muchas similitudes con los temas tratados en la película de Brian
de Palma, que si bien pude quedarse corta como crónica social ácida, si pude
utilizarse como buena muestra de un proceso sin garantías suficientes para un
acusado, debido a ser quien es. Esto es la negación del principio de igualdad
ante la ley y a un juicio justo. Dentro del tono crítico de la película no es
extraño que acusado se salve de la condena mintiendo ante el tribunal: con un
testimonio perjuro asegura que una cinta magnetofónica en la que se escucha que
él no conducía el coche, sino su amante, ha sido grabada por él, único medio
procesal para que la prueba sea aceptada por el Juez que en función de dicha
evidencia absuelve al acusado. Una acción inmoral pero que puede entenderse
desde la perspectiva de quien ha sido más objeto de un linchamiento que de un
enjuiciamiento. El propio Magistrado termina reprochando a todos los implicados
su escasa moralidad durante toda la causa y que una sala de Justicia debe de
estar por encima de los intereses particulares. En definitiva una historia con
una visión muy nihilista de la sociedad contemporánea y su escaso sentido de la
Justicia.
Pregunta:
¿Los
procesos con gran trascendencia social mantiene todas las garantías para los
acusados?..¿Qué papel debe desempeñar la prensa en ellos?¿Cómo mera informadora o
también debe dar su opinión?






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