Dentro de la interminable
filmografía de Woody Allen, la mezcla de la comedia con el drama es una
constante de sus realizaciones. En esta producción de 1989 se atrevió incluso a
insertar una historia de tintes policíacos, así como una reflexión sobre la
moralidad de las acciones, el precio a pagar por las decisiones y el propio concepto
de justicia y moralidad.
En realidad, en 1977 el
neoyorkino ya había escrito un borrador sobre la historia de un asesinato, pero
lo terminó desechando por el guion de “Annie Hall”, realización que a la postre
le valdría el salto al reconocimiento crítico y comercial. A finales de los 80
Allen era ya un reputado director con varios oscars a sus espaldas y con la
libetad creativa que siempre había buscado:
Sinopsis: El prestigioso
oftalmólogo judío Judah Roshental (Martin Landau) tiene una vida confortable,
marcada por el éxito profesional y un matrimonio asentado y sin fisuras
aparentes. Sin embargo, desde hace tiempo, está viviendo un infierno personal
por el chantaje al que le somete su examante Dolores (Anjelica Huston), una
azafata de vuelo neurótica, que no acepta que la aventura ha finalizado y que
amenaza con contarle la verdad a su mujer. Judah trata de razonar con ella y
decirle que todo ha acabado, pero Dolores se resiste e incluso saca a relucir
las irregularidades financieras que el oftalmólogo cometió, cuando trataba de
conseguir fondos para un nuevo pabellón de tratamiento de su especialidad.
Acosado, el médico acude a su hermano Jack, un mafioso de medio pelo que le
dice que la única posibilidad de acabar con el problema es liquidando a Dolores.
Juadah al principio rechaza la idea, pero la presión a la que le somete Dolores
pone en peligro toda su vida y decide aceptar la sugerencia de su hermano para
contratar a un matón que liquide a su fuente de problemas. Cuando el crimen se
consuma, los remordimientos acudirán al oftalmólogo, que no se cree lo que
acaba de realizar y empieza a preguntarse por el sentido religioso de su vida,
algo que había olvidado hace mucho tiempo.
Paralelamente, la película
cuenta la historia de Cliff, un frustrado guionista con aspiraciones (Woody
Allen) que, por necesidades económicas, se ve obligado a realizar un reportaje
sobre su cuñado , Lester, (Adan Alda) un vanidoso e insoportable productor,
especialista en programas basura y de consumo fácil, que se sitúan en las antípodas
de las aspiraciones artísticas de Cliff.
Aunque la acción de “Delitos y Faltas” se sitúa en dos
historias distintas, que desembocan en el desenlace final, lo cierto es que el
interés jurídico de la película se concentra en la angustia experiencia de
Judah Rosenthal, un ejemplo palmario del triunfo personal pero cuya modélica
vida esconde tras de sí un secreto que amenaza con destruir todo aquello que ha
cimentado durante toda su vida: por vanidad ha mantenido una doble vida durante
casi dos años y cuando decide cortar con su amante, la misma reacciona con
despecho y le amenaza. Ante la dramática tesitura que se le plantea Judah
decide pasarse al lado oscuro de la condición humana y ordena el asesinato de
Dolores, pese a sus reticencias iniciales al darse cuenta que ella no le dejará
libre nunca y que está dispuesto a hundir su familia y su reputación por haberla
dejado colgada; no sólo su matrimonio está en peligro, también su honorabilidad
al amenazarle Dolores con sacar a la luz sus manejos financieros opacos. En
definitiva, la muerte del personaje encarnado por Anjelica Huston, supone el
quitar una vida para salvar otra: el idílico entorno familiar y laboral del
oftalmólogo quedará intacto.
Aun así tras consumarse el
crimen, el protagonista sufre un fuerte shock emocional, puesto que no puede
legar a creerse que haya realizado una acción de tal trascendencia, nada menos
que ordenar la muerte de un ser humano. Las dudas existenciales asaltan a
Judah, su padre era un rabino que trató se transmitir a sus hijos que los ojos
de Dios lo veían todo y que la justicia divina siempre acababa alcanzando a
aquellos que se apartan del camino recto. Por lo tanto, es el viejo tema de la
moral religiosa y las normas de convivencia. El ser humano ha creado
instituciones y leyes para evitar acciones como las de Judah. Pero ¿Y si el
Estado carece de capacidad pata perseguir y castigar el mal? ¿Qué ocurre si el
criminal no es reprendido o si no se
aclaran los hechos?. ¿Puede alguien vivir tranquilo con su conciencia, si ha
realizado algo terrible, aunque sus acciones no tengan consecuencias en su vida
cotidiana?. La culpabilidad asalta a Judah de forma inmediata; su vida se
transforma en un infierno por la imposibilidad de estar en paz consigo mismo,
incluso baraja la posibilidad de entregarse a la policía. A su mente llegar imágenes
que le ponen en contacto con su educación religiosa, durante no pocos años
olvidada al tratarse de un hombre de ciencia volcado en su profesión y que ha
perdido el sentido religioso de la vida. “Delitos
y Faltas”, pues supone un curioso acercamiento al sentido moral de las
acciones humanas, y cómo esa moralidad puede llegar a ser un tormento tan duro
como el ser castigado por los cauces “oficiales”.
Y no olvidemos que la moral es un elemento esencial en la creación de
normas jurídicas; de hecho y pese a los numerosos intentos doctrinales de crear
un Derecho aséptico y con base científica alejado de prejuicios subjetivos, la
mayor parte de sistemas normativos suelen reflejar los valores morales
predominantes en la sociedad de ese tiempo. Los delitos como el homicidio, el robo
o la estafa, han sido siempre rechazados por una concepción ética que repudiaba
esas acciones, y en la mayor parte de legislaciones penales occidentales, hay
una indudable huella de la tradición judeo-cristiana.
El final escogido por
Allen sin embargo, reafirma su condición de cineasta independiente y fuera de
cualquier estereotipo. Frente al habitual desenlace moralizador al que nos
tiene acostumbrados el cine en general y el americano en particular, con el
castigo del delincuente, en esta ocasión se nos presenta a un Judah tranquilo y
relajado, que ha perdido todo vestigio de angustia al darse cuenta que el peligro
de ser descubierto ha pasado y que su cómoda existencia no sufre alteración
alguna. La escena final le sitúa en un diálogo con Cliff, el oscuro guionista
que vive en el fracaso profesional y afectivo, y entre los dos se produce un diálogo
extraordinario en el que un Judah responde a la aseveración de Cliff, tras
escuchar su historia (en teoría como idea inventada para un guion), de que
nadir podría vivir con semejante cargo de conciencia: “Ves demasiadas películas; si quieres un final feliz, ve a ver una película
de Hollywood”. Por lo tanto el crimen queda impune y la moralidad no ejerce
su función represora en compensación……..la pesadilla de cualquier sistema legal
y ético.
Preguntas:
¿Lo que impide el delito es
el temor a la represión penal o una estructura ética en las personas?


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