sábado, 3 de mayo de 2014

DELITOS Y FALTAS: EL CRIMEN SIN CASTIGO

Dentro de la interminable filmografía de Woody Allen, la mezcla de la comedia con el drama es una constante de sus realizaciones. En esta producción de 1989 se atrevió incluso a insertar una historia de tintes policíacos, así como una reflexión sobre la moralidad de las acciones, el precio a pagar por las decisiones y el propio concepto de justicia y moralidad.
En realidad, en 1977 el neoyorkino ya había escrito un borrador sobre la historia de un asesinato, pero lo terminó desechando por el guion de “Annie Hall”, realización que a la postre le valdría el salto al reconocimiento crítico y comercial. A finales de los 80 Allen era ya un reputado director con varios oscars a sus espaldas y con la libetad creativa que siempre había buscado:


Sinopsis: El prestigioso oftalmólogo judío Judah Roshental (Martin Landau) tiene una vida confortable, marcada por el éxito profesional y un matrimonio asentado y sin fisuras aparentes. Sin embargo, desde hace tiempo, está viviendo un infierno personal por el chantaje al que le somete su examante Dolores (Anjelica Huston), una azafata de vuelo neurótica, que no acepta que la aventura ha finalizado y que amenaza con contarle la verdad a su mujer. Judah trata de razonar con ella y decirle que todo ha acabado, pero Dolores se resiste e incluso saca a relucir las irregularidades financieras que el oftalmólogo cometió, cuando trataba de conseguir fondos para un nuevo pabellón de tratamiento de su especialidad. Acosado, el médico acude a su hermano Jack, un mafioso de medio pelo que le dice que la única posibilidad de acabar con el problema es liquidando a Dolores. Juadah al principio rechaza la idea, pero la presión a la que le somete Dolores pone en peligro toda su vida y decide aceptar la sugerencia de su hermano para contratar a un matón que liquide a su fuente de problemas. Cuando el crimen se consuma, los remordimientos acudirán al oftalmólogo, que no se cree lo que acaba de realizar y empieza a preguntarse por el sentido religioso de su vida, algo que había olvidado hace mucho tiempo.
Paralelamente, la película cuenta la historia de Cliff, un frustrado guionista con aspiraciones (Woody Allen) que, por necesidades económicas, se ve obligado a realizar un reportaje sobre su cuñado , Lester, (Adan Alda) un vanidoso e insoportable productor, especialista en programas basura y de consumo fácil, que se sitúan en las antípodas de las aspiraciones artísticas de Cliff.
Aunque la acción de “Delitos y Faltas” se sitúa en dos historias distintas, que desembocan en el desenlace final, lo cierto es que el interés jurídico de la película se concentra en la angustia experiencia de Judah Rosenthal, un ejemplo palmario del triunfo personal pero cuya modélica vida esconde tras de sí un secreto que amenaza con destruir todo aquello que ha cimentado durante toda su vida: por vanidad ha mantenido una doble vida durante casi dos años y cuando decide cortar con su amante, la misma reacciona con despecho y le amenaza. Ante la dramática tesitura que se le plantea Judah decide pasarse al lado oscuro de la condición humana y ordena el asesinato de Dolores, pese a sus reticencias iniciales al darse cuenta que ella no le dejará libre nunca y que está dispuesto a hundir su familia y su reputación por haberla dejado colgada; no sólo su matrimonio está en peligro, también su honorabilidad al amenazarle Dolores con sacar a la luz sus manejos financieros opacos. En definitiva, la muerte del personaje encarnado por Anjelica Huston, supone el quitar una vida para salvar otra: el idílico entorno familiar y laboral del oftalmólogo quedará intacto.
Aun así tras consumarse el crimen, el protagonista sufre un fuerte shock emocional, puesto que no puede legar a creerse que haya realizado una acción de tal trascendencia, nada menos que ordenar la muerte de un ser humano. Las dudas existenciales asaltan a Judah, su padre era un rabino que trató se transmitir a sus hijos que los ojos de Dios lo veían todo y que la justicia divina siempre acababa alcanzando a aquellos que se apartan del camino recto. Por lo tanto, es el viejo tema de la moral religiosa y las normas de convivencia. El ser humano ha creado instituciones y leyes para evitar acciones como las de Judah. Pero ¿Y si el Estado carece de capacidad pata perseguir y castigar el mal? ¿Qué ocurre si el criminal no es reprendido o si  no se aclaran los hechos?. ¿Puede alguien vivir tranquilo con su conciencia, si ha realizado algo terrible, aunque sus acciones no tengan consecuencias en su vida cotidiana?. La culpabilidad asalta a Judah de forma inmediata; su vida se transforma en un infierno por la imposibilidad de estar en paz consigo mismo, incluso baraja la posibilidad de entregarse a la policía. A su mente llegar imágenes que le ponen en contacto con su educación religiosa, durante no pocos años olvidada al tratarse de un hombre de ciencia volcado en su profesión y que ha perdido el sentido religioso de la vida. “Delitos y Faltas”, pues supone un curioso acercamiento al sentido moral de las acciones humanas, y cómo esa moralidad puede llegar a ser un tormento tan duro como el ser castigado por los cauces “oficiales”. Y no olvidemos que la moral es un elemento esencial en la creación de normas jurídicas; de hecho y pese a los numerosos intentos doctrinales de crear un Derecho aséptico y con base científica alejado de prejuicios subjetivos, la mayor parte de sistemas normativos suelen reflejar los valores morales predominantes en la sociedad de ese tiempo. Los delitos como el homicidio, el robo o la estafa, han sido siempre rechazados por una concepción ética que repudiaba esas acciones, y en la mayor parte de legislaciones penales occidentales, hay una indudable huella de la tradición judeo-cristiana.

El final escogido por Allen sin embargo, reafirma su condición de cineasta independiente y fuera de cualquier estereotipo. Frente al habitual desenlace moralizador al que nos tiene acostumbrados el cine en general y el americano en particular, con el castigo del delincuente, en esta ocasión se nos presenta a un Judah tranquilo y relajado, que ha perdido todo vestigio de angustia al darse cuenta que el peligro de ser descubierto ha pasado y que su cómoda existencia no sufre alteración alguna. La escena final le sitúa en un diálogo con Cliff, el oscuro guionista que vive en el fracaso profesional y afectivo, y entre los dos se produce un diálogo extraordinario en el que un Judah responde a la aseveración de Cliff, tras escuchar su historia (en teoría como idea inventada para un guion), de que nadir podría vivir con semejante cargo de conciencia: “Ves demasiadas películas; si quieres un final feliz, ve a ver una película de Hollywood”. Por lo tanto el crimen queda impune y la moralidad no ejerce su función represora en compensación……..la pesadilla de cualquier sistema legal  y ético.
Preguntas:

¿Lo que impide el delito es el temor a la represión penal o una estructura ética en las personas?

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