jueves, 15 de mayo de 2014

LA HOGUERA DE LAS VANIDADES: EL PROCESO MEDIÁTICO

Basada en una exitosa novela de Tom Wolfe, el llamado creador del “nuevo periodismo”, la película rodada por el innovador Brian de Palma fue, sin embargo, un clamoroso fracaso de crítica y público, pese a contar con un elenco de intérpretes destacado como Tom Hanks, Melanie Griffith, Bruce Willis o Morgan Freeman. Pero lo cierto es que el director y los actores fueron sometidos a un juicio poco benévolo de la crítica especializada que consideró que la película en ningún momento se situaba a la altura del material literario en el que estaba basado, una crítica ácida al materialismo despiadado de la alta sociedad neoyorkina de los años 80, así como los oscuros intereses que mueven a algunos presuntos garantes del orden y la moralidad. De Palma un especialista en el cine de suspense con impactantes imágenes de violencia muy estilizada, no pudo desenvolverse con soltura en el terreno de la comedia costumbrista con sentido crítico, aunque vista con el tiempo quizá la cinta no era merecedora de tanto reproche, aun sin ser ni mucho menos una obra maestra,

Pese a todo se trata de una obra interesante en la medida en la que en ella se pude rescatar un tema jurídico muy candente en nuestros días: los procesos judiciales en los que la impartición objetiva de justicia casi pasa a un segundo plano por los intereses creados en torno al mismo, y cómo dichos procesos están muy condicionados por factores externos, del Derecho.
Sinopsis: Sherman MaCoy (Tom Hanks) es un acaudalado ejecutivo de bolsa neoyorquino  mantiene un romance secreto con la mujer de otro millonario, (Melanie Griffith); en una cita clandestina con su amante son asaltados por un delincuente negro mientras están en el coche del ejecutivo. La mujer, asustada, acelera y atropella al ratero dándose a la fuga. Aunque MaCoy quiere ir a la policía, la mujer se opone ya que ambos son casados y ello provocaría un escándalo.
El muchacho de color que quedó en coma tras el atropello es utilizado por un predicador televisivo como ejemplo de la marginación a la que es sometida la comunidad negra. Ello provoca que el Fiscal de Distrito (F. Murray Abraham) ponga todo su celo en encontrar al culpable, dado que aspira a convertirse alcalde de Nueva York, y dejar impune el crimen supone una pérdida de imagen ante las minorías étnicas cuyo voto puede ser decisivo. Cuando las pesquisas llevan a que el titular del vehículo es un exitoso ejecutivo de Bolsa de Wall Street, blanco, anglosajón y protestante, así como millonario; la Fiscalía pone todo su celo en conseguir su condena y los medios de comunicación, comandados por un periodista alcohólico que ve en el caso la posibilidad de redimirse (Bruce Willis) montan un espectáculo mediático en torno al proceso.
Aunque como hemos señalado anteriormente “La Hoguera de las Vanidades” es uno de los grandes fiascos del cine americano de los 90, su temática nos lleva a ponernos enfrente del indudable hecho de cómo los intereses políticos y periodísticos pueden influir en un caso frente a un tribunal. Al comienzo de la película el Juez Leonard (Morgan Freeman) le reprocha al ayudante del Fiscal que traiga al Juzgado una causa sin fundamento sólo porque el acusado es blanco. “Sé que su jefe, el Fiscal Abbe Weiis, que piensa todo el día y sueña toda la noche en convertirse en Alcalde de Nueva York, está buscando a su gran acusado blanco, pero no lo hará en mi tribunal”. ¿El Motivo?. Buscar el voto de los negros y latinos del Bronx con la condena de una blanco acaudalado que demuestre a esos colectivos, cuyo voto vale igual que el de los blancos, que la mano de la justicia alcanza a todos. Cuando MaCoy tiene la desgracia de verse implicado en el accidente de un delincuente de color ha cavado su tumba; nada mejor que un pijo de Manhattan para darle carnaza a la masa. El bróker no sólo luchará frente a los acusadores públicos, también frente a una campaña mediática que trata de presentar la causa contra el mismo en un show televisivo que atraiga la atención de la audiencia y la manipulación de un predicador, el reverendo Bacon (John Hancock), que trata de sacar partido político de la muerte de un afroamericano.
Por lo tanto el enjuiciamiento del acusado está muy determinado por el entorno que rodea al juicio. Su absolución es considerada como inaceptable por la opinión pública, que espera una condena ejemplar gracias a la labor de propaganda de determinados focos de poder de la sociedad. También la Fiscalía actúa sin su objeto esencial de defender la legalidad y lo que busca es el rendimiento electoral, algo propio de un modelo como el norteamericano en el que los Fiscales de Distrito son elegidos de forma democrática y tienen una supervivencia condicionada a las condenas que obtengan y el impacto que provoquen en el electorado. Es una diferencia esencial del modelo anglosajón de acusación pública frente al occidental europeo, en el que la Fiscalía se integra como organismo independiente y profesionalizado, al margen de elecciones.

En los últimos años hemos sido testigos de numerosos juicios con gran relevancia en los medios y en la opinión pública. Piénsese en casos como los atentados del 11-M, los asesinatos del GAL, la financiación irregular de los partidos, o los oscuros manejos financieros del yerno del Rey. Causas con muchos intereses creados y que dificultan tremendamente la labor de los encargados de juzgarlas, ya que sus decisiones son analizadas con lupa y en muchas ocasiones, sin mucha objetividad. En no pocas ocasiones la sociedad espera condenas ejemplares y los partidos políticos y la prensa ejercen no poca presión en el desarrollo de los trámites procesales. Muchas similitudes con los temas tratados en la película de Brian de Palma, que si bien pude quedarse corta como crónica social ácida, si pude utilizarse como buena muestra de un proceso sin garantías suficientes para un acusado, debido a ser quien es. Esto es la negación del principio de igualdad ante la ley y a un juicio justo. Dentro del tono crítico de la película no es extraño que acusado se salve de la condena mintiendo ante el tribunal: con un testimonio perjuro asegura que una cinta magnetofónica en la que se escucha que él no conducía el coche, sino su amante, ha sido grabada por él, único medio procesal para que la prueba sea aceptada por el Juez que en función de dicha evidencia absuelve al acusado. Una acción inmoral pero que puede entenderse desde la perspectiva de quien ha sido más objeto de un linchamiento que de un enjuiciamiento. El propio Magistrado termina reprochando a todos los implicados su escasa moralidad durante toda la causa y que una sala de Justicia debe de estar por encima de los intereses particulares. En definitiva una historia con una visión muy nihilista de la sociedad contemporánea y su escaso sentido de la Justicia.
Pregunta:
¿Los procesos con gran trascendencia social mantiene todas las garantías para los acusados?..¿Qué papel debe desempeñar la prensa en ellos?¿Cómo mera informadora o también debe dar su opinión?


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