No son pocos los ejemplos del cine
norteamericano que reflexionan sobre la legitimidad en el uso de la violencia por
parte de las fuerzas del Estado. Si la legalidad o, aún más, la justicia no son
alcanzables por métodos ortodoxos se plantea la duda si acudir a otras vías
legalmente dudosas en busca de una finalidad superior.
“Arde
Missisipi” (1988) de Alan Parker, basada en hechos reales es una magnífica
muestra de este fascinante debate muy insertado en una sociedad como la
americana, en la que el recurso a la violencia está arraigado en la idiosincrasia
popular desde la conquista del oeste. Trata además una de las cuestiones más
escabrosas del siglo XX en Estados Unidos: el racismo, que estuvo muy lejos de
ser erradicado tras la abolición de la esclavitud tras la guerra civil del
periodo 1861-1865. Es, asimismo, la mejor cinta del británico, un realizador
muy irregular aunque en su día muy apreciado, y cuenta con un memorable trabajo
de Gene Hackman en el papel protagonista, acaso el mejor de su distinguida
carrera, aunque perdiese (tal vez injustamente) la carrera del Óscar frente a
Dustin Hoffman con su autista de “Rain
Man”.
Sinopsis: En la América de 1964, en la
que están emergiendo la lucha por los Derechos Civiles, tres jóvenes activistas
(dos blancos y uno negro) se dirigen al condado de Jessup, en el Sur más
profundo en el que la cuestión racial sigue más candente y el Ku Klus Klan se
mantiene en pena actividad, para abrir un centro de inscripción de votantes
negros. Detenidos por las autoridades del condado en plena noche, son
asesinados por los hombres del sheriff que hacen desparecer sus cadáveres.
Un tiempo después llegan a Jessup, dos
agentes del F.B.I, Ward (William Dafoe) y Anderson (Gene Hackman) a averiguar
lo ocurrido, en función de las competencias de la agencia gubernamental en
materia protección de Derechos Civiles. Recibidos con notable hostilidad por
las autoridades del condado y los ciudadanos locales, encuentran graves
dificultades para aclarar los hechos y no logran dar con los cuerpos de los
activistas, pese a sus fundadas sospechas que han sido asesinados. Mientras
Ward (de hecho el superior jerárquico) es un joven licenciado que quiere seguir
a rajatabla los cauces formales de actuación, el agente Anderson, por el
contrario, no duda a acudir a métodos menos convencionales, que implican incluso
uso de la violencia e utiliza su conocimiento de la psicología de los
habitantes del lugar (fue sheriff de un pueblo del Sur en su juventud) para
sonsacar de ellos la información, en especial de la amargada esposa de uno de
los policías criminales (Frances McDormand), por la que termina conociendo la
verdad de los hechos. No obstante, encontrar pruebas incriminatorias es muy difícil
y Ward termina cediendo a la propuesta de Anderson de prescindir de las
garantían de los sospechosos para lograr su condena.
Película de gran tensión dramática y
acertada descripción de una comunidad rural en la que los prejuicios raciales
siguen insertados en la vida cotidiana, lo más destacado es el hecho de los
métodos utilizados en la recta final de la misma, por los agentes federales para
lograr la confesión de los culpables. Después de haber intentado descifrar la
verdad por el procedimiento ordinario con ningún resultado, los federales,
comandados por Anderson no dudan en acudir a la tortura psicológica y la
violencia física para lograr que los culpables se asusten y se incriminen entre
sí. Se trata de una estrategia maquiavélica y hasta digna de cualquier sistema totalitario,
pero con el matiz que busca y consigue la condena de unos asesinos y racistas
de la peor calaña imaginable. En realidad todas las autoridades públicas del
pueblo están corrompidas y movidas por el odio racial: el alcalde, el sheriff,
los ayudantes del mismo….Hasta los tribunales de justicia locales, no dudan en
absolver todo ataque contra la comunidad negra, mediante una aplicación cínica
y parcial de la legislación vigente, mostrando un absoluto desprecio por la
igualdad de los ciudadanos ante la ley, y avalando la existencia de ciudadanos
de primera y segunda clase. En definitiva, los habitantes y poderes del
profundo Missisipi justifican los ataques contra la gente de color, mostrando
un absoluto desprecio por los principios constitucionales.
Ante esta tesitura, el F.B.I decide
pasar al ataque y plantea una estrategia de coacciones que da los resultados esperados
:el acalde es secuestrado por un negro, en realidad un agente federal, que le
amenaza con rajarle los testículos si no confiesa lo que sabe; el ayudante del
sheriff que ha disparado sobre los activistas y dado una paliza a su mujer por
dar información, es torturado por Anderson en la barbería, además de convencerle
que otro de los asesinos ya ha cantado, otro inculpado es señalado como soplón
ante los miembros del Ku, Klus Klan……El espectador, sabiamente manejado por guionistas
y director, termina aplaudiendo el castigo de los culpables, pese a la notable
dureza que implica, ya que el retrato de los mismos no ha podido ser más
negativo: gente soez, vengativa, violenta y que abusa de los débiles sin
cortapisa. El mensaje de “Arde Missisipi”
es muy claro, muy cinematográfico, pero muy alejado de los principios que,
teóricamente, rigen los sistemas legales del mundo occidental: a veces la
violencia sólo puede ser contrarrestada con violencia. Así mientras que el
agente Ward representa el uso civilizado de la fuerza pública, Anderson implica
el brutal realismo derivado de sus años de experiencia y su conocimiento del
medio, por encima de las leyes que marcan la actuación de las fuerzas de orden
público y, no en vano, es el héroe de la cinta y , de hecho, sus tesis son las finalmente triunfantes. Su figura no se separa mucho, pues, de
la de los cow-boys de tantos westerns.
Preguntas:
¿Si
la legalidad ordinaria no resulta suficiente para obtener los resultados
apetecidos, puede justificarse de alguna manera el recurso a la fuerza?. ¿Esa
fuerza debe, en todo caso, legalizarse, mediante normas que permitan alterar
las garantías de los sospechosos en circunstancias excepcionales?


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