sábado, 21 de junio de 2014

X- MEN: LA INTEGRACIÓN DE LA MINORÍAS

Configurada como una exitosa serie cinematográfica, la saga de los X-Men sin embargo puede también interpretarse como una reflexión sobre la integración en la sociedad de las minorías, de aquellos que cuentan con una peculiaridades que les apartan de los comunes y en no pocas ocasiones se encuentran con el rechazo generalizado ante el que caben dos opciones: la búsqueda de la integración, o la lucha frente a la discriminación.



Basadas en comics de la mítica casa norteamericana Marvel, en la génesis de la adaptación al cine de X-Men se encuentra el hecho que su gran impulsor, el director Brian Singer y uno de sus protagonistas principales , Ian Mckellen pertenecen a un colectivo “especial” dentro de la sociedad, ya que los dos han confesado sin cortapisas su homosexualidad. En ocasiones ambos han declarado que vieron en la historia de esos mutantes con superpoderes que son rechazados por la raza humana, una analogía clara con la situación del colectivo gay durante no pocos años y que en función de esa coincidencia aceptaron el proyecto.
De hecho gran parte de las películas, más allá de sus tramas de acción y efectos especiales, tienen el trasfondo de las complicadas relaciones que deben de abordar con los seres humanos normales. Como dentro de los mutantes se encuadran dos tendencias bien diferenciadas: la representada por el profesor X (Charles Xavier), un sabio convencido que la convivencia pacífica es posible y que termina entablando rivalidad con el otro ala de los mutantes, la representada por Magneto (llamado así por su poderío sobre los metales) tendente a la destrucción de los humanos como vía de supervivencia en una guerra sin cuartel declarada y que sólo los ingenuos no quieren asumir; en casi todas las películas de la saga los mutantes deben de defenderse de los intentos de destrucción de los humanos que les consideran como un peligro para su integridad dada su diferencia, e incluso su superioridad de recursos. No en vano, la difícil convivencia entre razas ha sido uno de los caballos de batalla más arduos de la historia y el propio Derecho.
Piénsese por ejemplo en los negros en Norteamérica, que después de la Guerra Civil accedieron en teoría a la plenitud de derechos civiles y políticos, pero que durante no pocos años fueron relegados como ciudadanos de segunda categoría, en especial en los estados del Sur profundo, tal y como reflejaba la ya comentada “Arde Missisipi”. Incluso el Tribunal Supremo de los Estados Unidos, a finales del siglo XIX llegó a legitimar la segregación racial en espacios públicos como las escuelas, los baños o los autobuses. No fue hasta 1954, cuando la Corte Suprema cambió de postura abriendo la vía de la era de los Derechos Civiles, que se extendieron en los 60. Frente a la discriminación racial dos tendencias se asentaron en el mundo de color: lo medrada y pacifista de Martin Luther King, y la reblede y violenta de Malcom-X, no muy distinto de los reflejado en la saga de los X-Men.

El propio colectivo homosexual ha recorrido un largo camino para dejar de lado primero la etiqueta de “pecado” que durante no pocos siglos les ha perseguido y, con posterioridad, el cierto reconocimiento institucional y legislativo de su condición, manifestado en la posibilidad, muy polémica, de contraer matrimonio civil u adoptar menores de edad, reconocido por bastantes estados en la actualidad y que ha dado lugar a un profundo debate jurídico al respecto. No ha sido infrecuente su reclusión en barrios identificados con esa condición y has  fechas muy recientes ha sido rara la reivindicación de sus derechos políticos y civiles, tomando como referencia para ellos cintas como “Mi nombre es Harvey Milk” (2008).

Piénsese también en las dificultades de los inmigrantes en los países en los que desembarcan en busca de un futuro mejor y en la historia del pueblo judío, con las terribles represiones que en no pocas ocasiones a lo largo de la historia ha debido de sufrir. Por eso la saga de los extraordinarios mutantes puede ser tomada por referencia de uno de los debates más candentes de la actualidad, y que nunca acaba de ser resuelto del todo,

miércoles, 11 de junio de 2014

GAL: EL ESTADO Y SUS MÉTODOS

Tras el éxito de “Lobo” y con el impulso del medio de comunicación que sacó a la luz uno de los más importantes escándalos de la  España contemporánea, esta cinta no consiguió alcanzar el éxito de crítica y público de su predecesora a pesar de repetir gran parte de su equipo, como el director Miguel Curtois o el guionista Antonio Onetti. De hecho, apenas llegó a dos millones de recaudación sobre los más de cinco de presupuesto que tenía. Contó con el asesoramiento de Melchor Miralles, el periodista que destapó gran parte de los hechos de la película en la que se analiza la creación de un grupo antiterrorista que realiza actividades ilegales contra los terroristas etarras e impulsado por el propio Gobierno Socialista que en 1983 acababa de ganar las elecciones
Sinopsis: Dos periodistas de investigación de Diario 16 Manuel Mallo (José García) y María Castillo (Natalia Verbeke) investigan la presunta guerra sucia contra ETA. Sus pesquisas les llevan al subcomisario de policía Paco Ariza (Jordi Millá) que termina siendo detenido por los presuntos delitos cometidos por los llamados grupos antiterroristas de liberación. El Gobierno español niega toda conexión con los hechos, pero a la sede del periódico que ha puesto en la calle el asunto, Diario 16, empieza a llegar presiones políticas para no seguir con la investigación, hasta el punto de terminar provocando el cese del director del periódico.
Aun cuando se trató de una película bastante fallida y que quedó lejos de sus intenciones, “GAL” es un testimonio fílmico de quizá el gran escándalo periodístico de la España contemporánea: la creación de un grupo que utilizara la violencia frente al terrorismo etarra en los días más sangrientos de la actividad de la banda. De hecho, fue el desgaste producido por este asunto, unido a otras casos de corrupción lo que en gran medida provocó la caída del Gobierno de Felipe González en las elecciones de 1996, después de más de trece años en el poder. En ella podemos comprobar cómo la actividad ilícita del ejecutivo es controlada por un poder “oficial” (la Justicia) y otro “extraoficial” aunque no menos poderoso e influyente (la prensa), cuya acción resulta determinante en esclarecer los oscuros hechos.

Un gobierno electo decide que los medios propios del Estado de Derecho no son los adecuados ni los más eficaces para luchar contra el terrorismo, de tal forma que decide usar la violencia no institucionalizada y acudir al asesinato y el secuestro como vía de implicar a las autoridades francesas en la lucha contra la banda terrorista; ya que en esos años gran parte de la cúpula terrorista etarra encontraba cobijo en tierras francesas. Esa acción del poder Ejecutivo encuentra oposición en otro poder del Estado (el judicial) que abre un proceso judicial por la vulneración de la ley; y en otro poder esta vez perteneciente a la llamada “sociedad civil”, la prensa, que actúa como contrapeso esencial dada la tendencia de cualquier gobierno a extender sus tentáculos a todos los ámbitos posibles. Por lo tanto, en "Gal" podemos analizar las relaciones entre algunos de los focos de ejercicio del poder más importante en la sociedad, y nos pone en conexión con un elemento esencial de la democracia : el equilibrio en el ejercicio del mismo.
 Desde la Ilustración la separación de poderes ha sido un dogma de cualquier sociedad considerada como democrática, un elemento esencial del sistema para su supervivencia. El Ejecutivo ostenta el monopolio del uso de la violencia institucionalizada pero en los sucesos de “GAL” decide hacer uso de ella fuera de los cauces legales, atendiendo a “razones de Estado”, un concepto político que defiende la tesis que el ataque a las entrañas del Estado que supone el terrorismo, legitima de algún modo el uso de métodos expeditivos. ¿Porqué toma esa decisión?. Posiblemente al comprobar que los cauces normales del Estado de Derecho no son suficientes para detener la sangría terrorista.

El papel de la prensa es el de actuar como voz independiente y fiscalizadora de la labor gubernamental. El periodismo ya había vivido su momento de esplendor en Estados Unidos en el llamado “caso Watergate”, en el que la labor indagadora de dos periodistas provocaron la dimisión del presidente Nixon. Al ser una producción impulsada por el grupo de comunicación que tomó el asunto como núcleo esencial de su crecimiento como medio (el diario “El Mundo”) la imagen de los periodistas sale, lógicamente, enaltecida. La cinta refleja la situación real vivida por el director del rotativo que destapó el suceso (el ya desaparecido “Diario 16”), Pedro J Ramírez que fue destituido de su cargo por presiones sobre el grupo editorial. Años más tarde Ramírez fundaría un nuevo periódico desde el cual pudo concluir la labor iniciada años atrás. Sin embargo, no faltaron voces que señalaron que lo que se buscaba entonces no era tanto la averiguación de la verdad, sino la caída política del Presidente Felipe González y que, en el fondo, gran parte de la ciudadanía respaldaba las acciones violentas realizadas contra la sangrienta banda terrorista. Pero la aparición en prensa de forma continuada de las noticias relacionadas con las acciones del grupo antiterrorista suponía una desgaste político considerable para un Gobierno que además afrontaba una fuerte crisis económica y la sombra de varios escándalos de corrupción.
En la película aparece además, un alter-ego del famoso Juez Garzón, un Magistrado polémico, que durante no pocos años acaparó las portadas de los periódicos al protagonizar los sumarios judiciales de causas muy mediáticas y sobre las que adoptó decisiones muy polémicas. De hecho la instrucción del sumario de los GAL fue la que le dio el definitivo salto a la fama. En esta ocasión es un miembro de la judicatura el que pone en peligro el destino de los miembros del gobierno de turno.
Así pues, y aunque la calidad de la cinta no alcanzase las cotas quizá en principio esperadas se trata de un retrato interesante que mezcla realidad y ficción y hace reflexionar sobre el papel de Estado en la lucha contra el terrorismo y el poder de los medios de comunicación en la sociedad moderna,.

Preguntas:

¿Puede existir algún límite a la legalidad vigente o no?¿Ninguna circunstancia, por grave que resulte legitima a las autoridades públicas a saltarse los cauces legalmente previstos?.¿Un grupo terrorista, está en guerra contra un Estado, y contra él se pueden adoptar medidas extraordinarias?

domingo, 1 de junio de 2014

ARDE MISSISSIPI: O SI EL FIN JUSTIFICA LOS MEDIOS

No son pocos los ejemplos del cine norteamericano que reflexionan sobre la legitimidad en el uso de la violencia por parte de las fuerzas del Estado. Si la legalidad o, aún más, la justicia no son alcanzables por métodos ortodoxos se plantea la duda si acudir a otras vías legalmente dudosas en busca de una finalidad superior.
Arde Missisipi” (1988) de Alan Parker, basada en hechos reales es una magnífica muestra de este fascinante debate muy insertado en una sociedad como la americana, en la que el recurso a la violencia está arraigado en la idiosincrasia popular desde la conquista del oeste. Trata además una de las cuestiones más escabrosas del siglo XX en Estados Unidos: el racismo, que estuvo muy lejos de ser erradicado tras la abolición de la esclavitud tras la guerra civil del periodo 1861-1865. Es, asimismo, la mejor cinta del británico, un realizador muy irregular aunque en su día muy apreciado, y cuenta con un memorable trabajo de Gene Hackman en el papel protagonista, acaso el mejor de su distinguida carrera, aunque perdiese (tal vez injustamente) la carrera del Óscar frente a Dustin Hoffman con su autista de “Rain Man”.

Sinopsis: En la América de 1964, en la que están emergiendo la lucha por los Derechos Civiles, tres jóvenes activistas (dos blancos y uno negro) se dirigen al condado de Jessup, en el Sur más profundo en el que la cuestión racial sigue más candente y el Ku Klus Klan se mantiene en pena actividad, para abrir un centro de inscripción de votantes negros. Detenidos por las autoridades del condado en plena noche, son asesinados por los hombres del sheriff que hacen desparecer sus cadáveres.
Un tiempo después llegan a Jessup, dos agentes del F.B.I, Ward (William Dafoe) y Anderson (Gene Hackman) a averiguar lo ocurrido, en función de las competencias de la agencia gubernamental en materia protección de Derechos Civiles. Recibidos con notable hostilidad por las autoridades del condado y los ciudadanos locales, encuentran graves dificultades para aclarar los hechos y no logran dar con los cuerpos de los activistas, pese a sus fundadas sospechas que han sido asesinados. Mientras Ward (de hecho el superior jerárquico) es un joven licenciado que quiere seguir a rajatabla los cauces formales de actuación, el agente Anderson, por el contrario, no duda a acudir a métodos menos convencionales, que implican incluso uso de la violencia e utiliza su conocimiento de la psicología de los habitantes del lugar (fue sheriff de un pueblo del Sur en su juventud) para sonsacar de ellos la información, en especial de la amargada esposa de uno de los policías criminales (Frances McDormand), por la que termina conociendo la verdad de los hechos. No obstante, encontrar pruebas incriminatorias es muy difícil y Ward termina cediendo a la propuesta de Anderson de prescindir de las garantían de los sospechosos para lograr su condena.
Película de gran tensión dramática y acertada descripción de una comunidad rural en la que los prejuicios raciales siguen insertados en la vida cotidiana, lo más destacado es el hecho de los métodos utilizados en la recta final de la misma, por los agentes federales para lograr la confesión de los culpables. Después de haber intentado descifrar la verdad por el procedimiento ordinario con ningún resultado, los federales, comandados por Anderson no dudan en acudir a la tortura psicológica y la violencia física para lograr que los culpables se asusten y se incriminen entre sí. Se trata de una estrategia maquiavélica y hasta digna de cualquier sistema totalitario, pero con el matiz que busca y consigue la condena de unos asesinos y racistas de la peor calaña imaginable. En realidad todas las autoridades públicas del pueblo están corrompidas y movidas por el odio racial: el alcalde, el sheriff, los ayudantes del mismo….Hasta los tribunales de justicia locales, no dudan en absolver todo ataque contra la comunidad negra, mediante una aplicación cínica y parcial de la legislación vigente, mostrando un absoluto desprecio por la igualdad de los ciudadanos ante la ley, y avalando la existencia de ciudadanos de primera y segunda clase. En definitiva, los habitantes y poderes del profundo Missisipi justifican los ataques contra la gente de color, mostrando un absoluto desprecio por los principios constitucionales.

Ante esta tesitura, el F.B.I decide pasar al ataque y plantea una estrategia de coacciones que da los resultados esperados :el acalde es secuestrado por un negro, en realidad un agente federal, que le amenaza con rajarle los testículos si no confiesa lo que sabe; el ayudante del sheriff que ha disparado sobre los activistas y dado una paliza a su mujer por dar información, es torturado por Anderson en la barbería, además de convencerle que otro de los asesinos ya ha cantado, otro inculpado es señalado como soplón ante los miembros del Ku, Klus Klan……El espectador, sabiamente manejado por guionistas y director, termina aplaudiendo el castigo de los culpables, pese a la notable dureza que implica, ya que el retrato de los mismos no ha podido ser más negativo: gente soez, vengativa, violenta y que abusa de los débiles sin cortapisa. El mensaje de “Arde Missisipi” es muy claro, muy cinematográfico, pero muy alejado de los principios que, teóricamente, rigen los sistemas legales del mundo occidental: a veces la violencia sólo puede ser contrarrestada con violencia. Así mientras que el agente Ward representa el uso civilizado de la fuerza pública, Anderson implica el brutal realismo derivado de sus años de experiencia y su conocimiento del medio, por encima de las leyes que marcan la actuación de las fuerzas de orden público y, no en vano, es el héroe de la cinta y , de hecho, sus tesis son las finalmente triunfantes. Su figura no se separa mucho, pues,  de la de los cow-boys de tantos westerns.
Preguntas:
¿Si la legalidad ordinaria no resulta suficiente para obtener los resultados apetecidos, puede justificarse de alguna manera el recurso a la fuerza?. ¿Esa fuerza debe, en todo caso, legalizarse, mediante normas que permitan alterar las garantías de los sospechosos en circunstancias excepcionales?