miércoles, 14 de mayo de 2014

EL MOTÍN DEL CAINE: LA LEGITIMIDAD DE LA REBELDÍA

Edward Dmytryk, fue uno de los directores que sufrió en sus carnes, la implacable persecución que instigó el Senado norteamericano tras la II Guerra Mundial para erradicar el izquierdismo de muchos realizadores destacados del cine de la postguerra. Este cineasta de origen ucraniano, fue encarcelado por pertenencia al Partido Comunista y se vio obligado a delatar a antiguos compañeros para salir de prisión, esa triste circunstancia dejó marcada una carrera que ostenta títulos muy interesantes, entre ellos esta cinta de juicios militares, que engloba una profunda reflexión sobre la legitimidad del mando.
Basada en una novela de Herman Wouk, ganadora del Premio Pulitzer en 1952, la historia fue objeto de una rápida y exitosa recreación teatral, con Henry Fonda en el papel protagonista. Hollywood se hizo rápidamente con los derechos para el cine a través del productor Stanley Kramer, siempre ávido de historias profundas y con gancho, que decidió rehabilitar al defenestrado Dmytrick otorgándole la dirección de una película que contó con un reparto de auténtico lujo. Humphrey Bogart, Van Johnson, Fred MacMurray o José Ferrer. La elección de Bogart para un papel tan alejado de aquellos que le habían otorgado fama y hasta y un aura de leyenda no era en modo alguno aleatoria, desde “La Reina de áfrica” (1951, John Huston) el intérprete había demostrado una versatilidad notable y sus personajes se ajustaban más a su edad y el demacrado rostro que años de alcoholismo y tabaco le habían producido. Su neurótico capitán Queeg, quedaría como uno de sus mejores momentos de su carrera. Richard Widmark fue propuesto para el mismo rol, pero el productor finalmente se decantó por Bogart.

Sinopsis: En plena Guerra Mundial, el joven y brillante oficial Willie Keith (Robert Francis) es destinado a un barco de guerra, el Caine, en donde impera un aire relajado debido a cierto paternalismo que su veterano capitán muestra en el mando. Cuando este es sustituido por otro militar, el capitán Queeg (Humphrey Bogart), Keith se alegra porque considera que el barco no tiene la disciplina adecuada y en él no está aprendiendo lo que debería.
Muy al contrario que su antecesor Queeg, impone una férrea disciplina desde el primer día y presta una obsesiva atención hacia los detalles nimios como la higiene de los hombres o que lleven el uniforme de forma adecuada. Ello le empieza a granjear la hostilidad de los oficiales del barco Steve Maryk (Van Johnson) y Tom Keefer (Fred MacMurray) al que llega a prohibir escribir una novela. A medida que pasan los días el carácter obsesivo del capitán se va  incrementando y sus oficiales empiezan a dudar incluso, que su salud mental sea la adecuada. Queeg `percibe que sus hombres no le apoyan ni le respetan, y empieza a desconfiar de todos y cada uno de los integrantes del Caine, llevando a la tripulación a una situación límite por sus órdenes absurdas y su afán por sancionar a todo aquel que él considera que no cumple sus instrucciones. Keefer intenta convencer a Maryk que, como primer oficial y segundo de a bordo, denuncie el caso a las autoridades de la marina, para lo que cuenta con el apoyo del joven Keith, que también ha perdido toda su confianza en el capitán, al que ve como un lunático. Maryk se niega al principio, aunque en el fondo comparte las ideas de sus compañeros. Cuando en un temporal que pone en peligro al barco, Queeg se bloquea completamente, el segundo oficial del barco decide relevarle con el apoyo expreso de Keith, ante la mirada de Keefer, que de forma cobarde y a pesar de haber sido el instigador del motín, decide no sumarse públicamente al mismo.
Maryk y Keith son acusados de amotinamiento y traición mientras Keefer queda al margen. Su abogado defensor Barney Greenwald (José Ferrer) ve muy difícil su caso, pero accede a defenderles. El juicio se pone feo para los oficiales acusados hasta que el letrado decide jugar su última carta; llamar a Queeg a declarar. Ante las incisivas preguntas del abogado , el capitán pierde la compostura y su trastorno queda en evidencia de los miembros del jurado. Mientras los absueltos celebran su victoria, Greenwald se presenta borracho en la fiesta y les escupe que, en realidad, ellos fueron unos malos oficiales que no apoyaron a su capitán cuando éste lo necesitaba y que un jefe no se le obedece por ser simpático, sino porque es el que lleva el duro peso del mando.
De impecable acabado formal, “El Motín del Caine” es un fascinante análisis sobre la legitimidad del mando, de la forma de ejercer el liderazgo y de los comportamientos humanos en situaciones límite. El capitán Queeg es un amante de la disciplina y el orden, pero no sabe medir bien el grado de exigencia sobre sus hombres y termina llevando a los mismos al hastío y el amotinamiento. Su rigidez externa esconde en el fondo un carácter débil y acomplejado: en situaciones de máxima tensión o actúa como un cobarde o se bloquea. Su apariencia de ogro inflexible trata de ocultar a toda costa, los síntomas evidentes de un trastorno de la personalidad, agravado por la presión que para el mismo supone el mando. Es, por lo tanto, una figura única dentro del análisis del mundo militar que el cine americano ha ofrecido de los soldados yanquis. Durante el juicio, la defensa de los acusados se centra en demostrar el desequilibrio que sufre el capitán, aspecto que se torna en harto complicado cuando peritos expertos diagnostican que Queeg goza de una perfecta salud psíquica y tienen  que ser la presión a que es sometido por parte del abogado defensor la que le haga perder los estribos. Durante el juicio la acusación interroga hábilmente a los testigos presenciales y acusados, remarcando el hecho de que ninguno de ellos es especialista en psiquiatría, de tal forma que bajo ningún concepto pueden asegurar con certeza que el capitán ponía en peligro la integridad del barco por su inestabilidad emocional. Queeg se derrumba al ser interrogado sobre sus comportamientos poco habituales y su testimonio, nervioso e incorrecto termina por volverse en su contra. Esto demuestra las dificultades probatorias que habitualmente existen en procesos centrados en la posible incapacitación psíquica de alguien, puesto que los expertos periciales no suelen ver al presunto trastornado en situaciones de estrés máximo que les hagan revelar sus flaquezas; en una compleja rama de la ciencia como la psiquiatría la demostración científica resulta tremendamente complicada.
Ante esa situación ¿qué deben hacer los oficiales del Caine?. ¿Prestar lealtad y acatar las órdenes de un mando al que no respetan?. Las leyes militares les habilitan a actuar en caso de gravedad extrema, pero las dificultades posteriores de demostración que su acción fue proporcionada y las graves consecuencias de asumirlas (nada menos que un consejo de guerra) suponen la inserción de un notable elemento dramático en la trama. En esta circunstancia cobra una especial relevancia el personaje de Keefer, un intelectual cuyas opiniones son muy consideradas por el resto de oficiales, que es en realidad el que empieza a instar la rebelión y a convencer a sus compañeros que el capitán es un perturbado mental. Pero a la hora de dar el paso decisivo, tanto en cuanto a denunciar al Almirante de la flota la situación, como  a sumarse al despojo del mando a Queeg, Keefer revela su auténtica naturaleza cobarde y tira la piedra pero esconde la mano. Incluso llega a mentir en el juicio para salvar su pellejo.
Steve Maryk, por su parte, es un hombre honrado y no quiere llegar a amotinarse, pero la presión psicológica que sufre de sus compañeros que le incitan a que tome medidas contra el complejo capitán, le obliga a tomar finalmente partido por la decisión más difícil de su vida; es el personaje que más sufre con la situación dada la lucha que se establece entre su conciencia y su deber como soldado. Willie Keith es un observador al principio imparcial y, con el tiempo, implicado. Su falta de experiencia en labores de mando le hacen sentirse inseguro y no sabe muy bien qué partido tomar. Idolatra al principio al capitán, al que ve como un militar duro y competente, pero cambia su opinión cuando empieza a recibir reprimendas del mismo por cuestiones triviales y contempla sus excéntricas decisiones destinadas a reforzar su autoridad. En realidad la experiencia del Caine sirve al joven de aprendizaje esencial: con tiempo comprenderá que el viejo capitán que tuvo al principio, con su aire benevolente y paternalista comprendía perfectamente a los integrantes de su tripulación y la devoción que por el mismo profesaba la misma, no era injustificada ni aleatoria como al principio pensaba. De estas vivencias saldrá un gran oficial.
Por lo tanto más allá de su contenido judicial, “El Motín del Caine” trata uno de los elementos esenciales de la institución castrense, con el tiempo extendida a otros campos como la empresa o el deporte: el ejercicio del mando debe de legitimarse con actuaciones de aquellos que lo ostentan. La peculiaridad de esta película reside en que Queeg, en el fondo no es un mal hombre, sino un  perturbado que ostenta un poder que no puede asumir. Tal vez por esa circunstancia, el final  pone en entredicho la actuación de los amotinados: su abogado defensor se arrepiente de haber forzado el derrumbamiento del capitán y les echa en cara que en un momento dado, el mismo les pidió comprensión y ayuda sin que a cambio obtuviera más respuesta que la indiferencia de los oficiales, circunstancia que agravó la situación hasta el desenlace final. En definitiva un elemento más de debate respecto de las relaciones entre los hombres sometidos a la presión de la guerra.

Las interpretaciones de todos los miembros del reparte justifican por si  mismas el visionado de esta excelente cinta: Bogart está sublime en su papel de atormentado oficial, con sus bolitas de mano permenentemente usadas para irritación de todos aquellos que lo rodean. Candidato al permio de la Academia al mejor actor (como la película y el guión) se trató de su último gran papel, antes de su fallecimiento en 1957, demostró que aquellos que le recriminaban que sólo era capaz de interpretar un tipo concreto de personajes, estaban muy equivocados. MaCmurray siguió en su línea sólida, no siempre bien reconocida y su cínico oficial adquiere una importancia capital en el desarrollo de los acontecimientos. Hasta el habitualmente estólido Van Johnson se sitúa en un alinea muy superior a su media. Queda eso sí, el reproche a la más bien innecesaria y poco ensamblada historia de amor protagonizada por Keith  que interrumpe en no pocas ocasiones el ritmo de la acción y que parece demasiado forzada para resultar creíble:
A título de curiosidad hay que destacar en el año de su estreno 1954, un joven actor inglés se encontraba hablando con su agente en una cabina telefónica cuando el mismo le dijo que el nombre artístico de Michael Scott no tenía gancho y que pensara en otro distinto. El joven intérprete se dio cuenta entonces que en cine Odeon proyectaban esta película y decidió adoptar como apellido el nombre del barco del film. Por lo tanto, aquel día, Maurice Micklewhite, se convirtió definitivamente en Michael Caine, que el tiempo situaría como uno de los intérpretes claves de su generación,
Pregunta:
¿El liderazgo indebido legitima la desobediencia por parte de los inferiores?¿El mundo militar prevé adecuadamente el mal uso del mando?.


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