Edward
Dmytryk, fue uno de los directores que sufrió en sus carnes, la implacable
persecución que instigó el Senado norteamericano tras la II Guerra Mundial para
erradicar el izquierdismo de muchos realizadores destacados del cine de la
postguerra. Este cineasta de origen ucraniano, fue encarcelado por pertenencia
al Partido Comunista y se vio obligado a delatar a antiguos compañeros para
salir de prisión, esa triste circunstancia dejó marcada una carrera que ostenta
títulos muy interesantes, entre ellos esta cinta de juicios militares, que
engloba una profunda reflexión sobre la legitimidad del mando.
Basada
en una novela de Herman Wouk, ganadora del Premio Pulitzer en 1952, la historia
fue objeto de una rápida y exitosa recreación teatral, con Henry Fonda en el
papel protagonista. Hollywood se hizo rápidamente con los derechos para el cine
a través del productor Stanley Kramer, siempre ávido de historias profundas y
con gancho, que decidió rehabilitar al defenestrado Dmytrick otorgándole la
dirección de una película que contó con un reparto de auténtico lujo. Humphrey
Bogart, Van Johnson, Fred MacMurray o José Ferrer. La elección de Bogart para
un papel tan alejado de aquellos que le habían otorgado fama y hasta y un aura
de leyenda no era en modo alguno aleatoria, desde “La Reina de áfrica” (1951, John Huston) el intérprete había
demostrado una versatilidad notable y sus personajes se ajustaban más a su edad
y el demacrado rostro que años de alcoholismo y tabaco le habían producido. Su
neurótico capitán Queeg, quedaría como uno de sus mejores momentos de su
carrera. Richard Widmark fue propuesto para el mismo rol, pero el productor
finalmente se decantó por Bogart.
Sinopsis:
En plena Guerra Mundial, el joven y brillante oficial Willie Keith (Robert
Francis) es destinado a un barco de guerra, el Caine, en donde impera un aire
relajado debido a cierto paternalismo que su veterano capitán muestra en el
mando. Cuando este es sustituido por otro militar, el capitán Queeg (Humphrey
Bogart), Keith se alegra porque considera que el barco no tiene la disciplina
adecuada y en él no está aprendiendo lo que debería.
Muy
al contrario que su antecesor Queeg, impone una férrea disciplina desde el
primer día y presta una obsesiva atención hacia los detalles nimios como la
higiene de los hombres o que lleven el uniforme de forma adecuada. Ello le
empieza a granjear la hostilidad de los oficiales del barco Steve Maryk (Van
Johnson) y Tom Keefer (Fred MacMurray) al que llega a prohibir escribir una
novela. A medida que pasan los días el carácter obsesivo del capitán se va incrementando y sus oficiales empiezan a
dudar incluso, que su salud mental sea la adecuada. Queeg `percibe que sus
hombres no le apoyan ni le respetan, y empieza a desconfiar de todos y cada uno
de los integrantes del Caine, llevando a la tripulación a una situación límite
por sus órdenes absurdas y su afán por sancionar a todo aquel que él considera
que no cumple sus instrucciones. Keefer intenta convencer a Maryk que, como
primer oficial y segundo de a bordo, denuncie el caso a las autoridades de la
marina, para lo que cuenta con el apoyo del joven Keith, que también ha perdido
toda su confianza en el capitán, al que ve como un lunático. Maryk se niega al
principio, aunque en el fondo comparte las ideas de sus compañeros. Cuando en
un temporal que pone en peligro al barco, Queeg se bloquea completamente, el
segundo oficial del barco decide relevarle con el apoyo expreso de Keith, ante
la mirada de Keefer, que de forma cobarde y a pesar de haber sido el instigador
del motín, decide no sumarse públicamente al mismo.
Maryk
y Keith son acusados de amotinamiento y traición mientras Keefer queda al
margen. Su abogado defensor Barney Greenwald (José Ferrer) ve muy difícil su
caso, pero accede a defenderles. El juicio se pone feo para los oficiales
acusados hasta que el letrado decide jugar su última carta; llamar a Queeg a
declarar. Ante las incisivas preguntas del abogado , el capitán pierde la
compostura y su trastorno queda en evidencia de los miembros del jurado.
Mientras los absueltos celebran su victoria, Greenwald se presenta borracho en
la fiesta y les escupe que, en realidad, ellos fueron unos malos oficiales que
no apoyaron a su capitán cuando éste lo necesitaba y que un jefe no se le
obedece por ser simpático, sino porque es el que lleva el duro peso del mando.
De
impecable acabado formal, “El Motín del
Caine” es un fascinante análisis sobre la legitimidad del mando, de la
forma de ejercer el liderazgo y de los comportamientos humanos en situaciones
límite. El capitán Queeg es un amante de la disciplina y el orden, pero no sabe
medir bien el grado de exigencia sobre sus hombres y termina llevando a los
mismos al hastío y el amotinamiento. Su rigidez externa esconde en el fondo un
carácter débil y acomplejado: en situaciones de máxima tensión o actúa como un
cobarde o se bloquea. Su apariencia de ogro inflexible trata de ocultar a toda
costa, los síntomas evidentes de un trastorno de la personalidad, agravado por
la presión que para el mismo supone el mando. Es, por lo tanto, una figura
única dentro del análisis del mundo militar que el cine americano ha ofrecido
de los soldados yanquis. Durante el juicio, la defensa de los acusados se
centra en demostrar el desequilibrio que sufre el capitán, aspecto que se torna
en harto complicado cuando peritos expertos diagnostican que Queeg goza de una
perfecta salud psíquica y tienen que ser
la presión a que es sometido por parte del abogado defensor la que le haga
perder los estribos. Durante el juicio la acusación interroga hábilmente a los
testigos presenciales y acusados, remarcando el hecho de que ninguno de ellos
es especialista en psiquiatría, de tal forma que bajo ningún concepto pueden
asegurar con certeza que el capitán ponía en peligro la integridad del barco
por su inestabilidad emocional. Queeg se derrumba al ser interrogado sobre sus
comportamientos poco habituales y su testimonio, nervioso e incorrecto termina
por volverse en su contra. Esto demuestra las dificultades probatorias que
habitualmente existen en procesos centrados en la posible incapacitación
psíquica de alguien, puesto que los expertos periciales no suelen ver al
presunto trastornado en situaciones de estrés máximo que les hagan revelar sus
flaquezas; en una compleja rama de la ciencia como la psiquiatría la
demostración científica resulta tremendamente complicada.
Ante esa situación ¿qué
deben hacer los oficiales del Caine?. ¿Prestar lealtad y acatar las órdenes de
un mando al que no respetan?. Las leyes militares les habilitan a actuar en
caso de gravedad extrema, pero las dificultades posteriores de demostración que
su acción fue proporcionada y las graves consecuencias de asumirlas (nada menos
que un consejo de guerra) suponen la inserción de un notable elemento dramático
en la trama. En esta circunstancia cobra una especial relevancia el personaje
de Keefer, un intelectual cuyas opiniones son muy consideradas por el resto de
oficiales, que es en realidad el que empieza a instar la rebelión y a convencer
a sus compañeros que el capitán es un perturbado mental. Pero a la hora de dar
el paso decisivo, tanto en cuanto a denunciar al Almirante de la flota la
situación, como a sumarse al despojo del
mando a Queeg, Keefer revela su auténtica naturaleza cobarde y tira la piedra
pero esconde la mano. Incluso llega a mentir en el juicio para salvar su
pellejo.
Steve
Maryk, por su parte, es un hombre honrado y no quiere llegar a amotinarse, pero
la presión psicológica que sufre de sus compañeros que le incitan a que tome
medidas contra el complejo capitán, le obliga a tomar finalmente partido por la
decisión más difícil de su vida; es el personaje que más sufre con la situación
dada la lucha que se establece entre su conciencia y su deber como soldado.
Willie Keith es un observador al principio imparcial y, con el tiempo,
implicado. Su falta de experiencia en labores de mando le hacen sentirse
inseguro y no sabe muy bien qué partido tomar. Idolatra al principio al capitán,
al que ve como un militar duro y competente, pero cambia su opinión cuando
empieza a recibir reprimendas del mismo por cuestiones triviales y contempla
sus excéntricas decisiones destinadas a reforzar su autoridad. En realidad la
experiencia del Caine sirve al joven de aprendizaje esencial: con tiempo
comprenderá que el viejo capitán que tuvo al principio, con su aire benevolente
y paternalista comprendía perfectamente a los integrantes de su tripulación y
la devoción que por el mismo profesaba la misma, no era injustificada ni
aleatoria como al principio pensaba. De estas vivencias saldrá un gran oficial.
Por
lo tanto más allá de su contenido judicial, “El Motín del Caine” trata uno de los elementos esenciales de la
institución castrense, con el tiempo extendida a otros campos como la empresa o
el deporte: el ejercicio del mando debe de legitimarse con actuaciones de
aquellos que lo ostentan. La peculiaridad de esta película reside en que Queeg,
en el fondo no es un mal hombre, sino un
perturbado que ostenta un poder que no puede asumir. Tal vez por esa
circunstancia, el final pone en
entredicho la actuación de los amotinados: su abogado defensor se arrepiente de
haber forzado el derrumbamiento del capitán y les echa en cara que en un
momento dado, el mismo les pidió comprensión y ayuda sin que a cambio obtuviera
más respuesta que la indiferencia de los oficiales, circunstancia que agravó la
situación hasta el desenlace final. En definitiva un elemento más de debate
respecto de las relaciones entre los hombres sometidos a la presión de la
guerra.
Las
interpretaciones de todos los miembros del reparte justifican por si mismas el visionado de esta excelente cinta:
Bogart está sublime en su papel de atormentado oficial, con sus bolitas de mano
permenentemente usadas para irritación de todos aquellos que lo rodean.
Candidato al permio de la Academia al mejor actor (como la película y el guión)
se trató de su último gran papel, antes de su fallecimiento en 1957, demostró
que aquellos que le recriminaban que sólo era capaz de interpretar un tipo
concreto de personajes, estaban muy equivocados. MaCmurray siguió en su línea
sólida, no siempre bien reconocida y su cínico oficial adquiere una importancia
capital en el desarrollo de los acontecimientos. Hasta el habitualmente
estólido Van Johnson se sitúa en un alinea muy superior a su media. Queda eso
sí, el reproche a la más bien innecesaria y poco ensamblada historia de amor
protagonizada por Keith que interrumpe
en no pocas ocasiones el ritmo de la acción y que parece demasiado forzada para
resultar creíble:
A
título de curiosidad hay que destacar en el año de su estreno 1954, un joven
actor inglés se encontraba hablando con su agente en una cabina telefónica
cuando el mismo le dijo que el nombre artístico de Michael Scott no tenía
gancho y que pensara en otro distinto. El joven intérprete se dio cuenta
entonces que en cine Odeon proyectaban esta película y decidió adoptar como
apellido el nombre del barco del film. Por lo tanto, aquel día, Maurice Micklewhite, se convirtió
definitivamente en Michael Caine, que el tiempo situaría como uno de los intérpretes
claves de su generación,
Pregunta:
¿El
liderazgo indebido legitima la desobediencia por parte de los inferiores?¿El
mundo militar prevé adecuadamente el mal uso del mando?.


No hay comentarios:
Publicar un comentario