Cuando el dramaturgo Reginal Rose fue
seleccionado para ser parte de un jurado por un delito de homicidio tuvo
comienzo uno de los dramas judiciales
más famosos de la historia. De esa experiencia el escritor sacó la idea
de una situación límite: doce hombres enfrentados a la decisión de llevar a un
joven de 19 años a la cámara de gas por el asesinato de su padre, un materia de
enorme contenido dramático que, asimismo, le permitía reflexionar sobre el
sentido de la justicia del ciudadano medio así como el reflejar la piscología
de los miembros del jurado en tan trascendente decisión.
Su obra fue adaptada con éxito para la
televisión en 1954 y tres años después, una producción modesta la trasladó a la
gran pantalla bajo la dirección del entonces debutante Sidney Lumet, un
realizador que venía del medio televisivo. El empeño personal de su
protagonista, Henry Fonda, fue esencial para sacar adelante el proyecto, ya que
renunció a su salario habitual de actor consagrado con tal de poder rodar la
película y lo cierto es que el padre de Jane Fonda logró una de las
interpretaciones más aclamadas de su brillante carrera. La película fue un
éxito de crítica, aunque pasó algo desapercibida por las pantallas pero, en
cualquier caso supuso la rampa de lanzamiento de Lumet, que tendría una
posición destacada en el cine americano de tres décadas.
Sinopsis: En una calurosa tarde de verano los
doce miembros de un jurado deben decidir sobre si condenan o no a un muchacho
de los suburbios bajos acusado de apuñalar a su padre, tras recibir una paliza
del mismo. En una primera votación once miembros le consideran culpable y sólo
uno inocente. El voto discrepante produce gran sorpresa en el jurado, ya que el
caso parece muy claro: dos testigos aseguran haber visto al joven acuchillar al
padre y la coartada del imputado es muy poco sólida.
El jurado nº 8 asegura que no sabe si es
culpable o inocente, pero que cree que deben hablar del caso ya que le parece
muy precipitado el decidir que un hombre vaya a la muerte sin haber debatido
antes sobre el juicio. Como el veredicto de culpabilidad requiere de unanimidad
del jurado, los miembros del mismo se ven obligados a hablar del tema. Ello
provoca una situación de tensión que se irá agrandando a medida que el jurado
nº 8 haga sembrar en todos la duda sobre lo realmente acontecido.
Durante no pocos años esta
pieza teatral ha sido debatida por juristas y sociólogos dada la complejidad y
brillantez que encierra. El personaje encarnado por Henry Fonda puede ser
considerado como ejemplo válido tanto de las ventajas cómo los peligros que
encierra un jurado popular: por un lado supone la voz crítica que obliga a
reflexionar sobre la decisión precipitada de condenar a un hombre, y por otro
implica un enrevesamiento de los hechos que va creando en los miembros del
jurado una duda que puede dar lugar a la excarcelación de un asesino. `Parece
un poco forzado, desde el punto de vista de la verosimilitud de la trama que
sólo a uno de los doce hombres que dan título a la película se le hayan
planteado las dudas que al jurado nº 8 le han llevado a cuestionar el
veredicto. En realidad, él hace de abogado defensor del acusado y finalmente
logra conseguir su absolución. Pero la virtud de esta película es que dicha
actitud logra conseguir un suspense admirable, y un retrato de caracteres asombroso.
De hecho no sabemos el nombre de ningún miembro del jurado: sólo nos interesan
sus reacciones ante los hechos que nos permiten vislumbrar unos estereotipos
humanos muy característicos; por ejemplo el jurado nº 3 (L. J Coob) es el más
ferviente defensor de la culpabilidad del joven, llegando incluso a la
agresividad, al final se descubrirá que su hostilidad procede de la
identificación que ha hecho del acusado con su propio hijo, con el que no se
habla desde hace dos años, el nº 4 (E.G Marshall) representa la cordura y el
análisis frio y racional de los hechos, el nº 7 (Jack Warden) es un desenfadado
vendedor al que sólo le importa acabar pronto para llegar a ver su partido de
béisbol y cambia su voto sin criterio, con tal de acabar pronto, y el jurado nº
10 (Ed Begley) no puede por su parte disimular sus prejuicios hacia el entorno
social del que procede el acusado.
Muchos temas son tratados
en “Doce Hombres sin Piedad”: la
consideración del delincuente como víctima de una sociedad que le ha dado la
espalada y lo ha machacado, pues el presunto asesino no ha recibido más que
palizas y vejaciones desde niño, el papel de los ancianos puesto que el
principal testigo de la acusación en un hombre mayor que, según llegan a
concluir los miembros del jurado, testifica sólo por el mero hecho de hacerse
notar, la indefensión de los pobres en los procesos, puesto que de las
deliberaciones se deduce que el abogado de oficio no ha puesto mucho empeño en
la defensa del acusado así como el micro somas social que la cámara de Lumet
nos muestra creando un ambiente opresivo, hasta angustioso, creando momentos de
tensión algo efectistas pero bastante logrados. Uno de los mensajes que aparece
en la película es que las pruebas, por claras que parezcan, siempre se pueden
mirar desde diversas perspectivas, y que la verdad absoluta es casi imposible
de discernir en la sala de un juicio. El proceso mediante el cual el jurado 8
va desmontando los argumentos de la acusación y creando una duda razonable en
los once miembro restantes, es un itinerario que permite mostrar cómo lo hechos
nos son tan claros como en una primera apariencia se muestran, y que los
integrantes de un jurado popular pueden ser muy fácilmente impresionables.
No faltó quien acusó a
Lumet de realizar teatro filmado, algo que no se aleja demasiado de la
realidad, aunque el director supo dar un sentido cinematográfico acusado a la
adaptación con un sabio uso de los primeros planos para transmitir las
sensaciones de los protagonistas. Los actores son todos excelentes, ninguno de
ellos (con la excepción del protagonista) tuvo nunca la condición de gran
estrella, pero se trata de una reunión de algunos de los mejores secundarios de
la historia del cine americano.
La obra ha sido objeto de
numerosas adaptaciones. De hecho, en España el famoso “Estudio 1” realizó una
adaptación en 1973, dirigida por Gustavo Pérez Puig con nombres ilustres de la
escena y el cine español como José María Rodero, José Bódalo, Vicente Alexandre
o Sancho Gracia.
Preguntas:
¿El jurado no experto en
derecho tiene capacidad para decidir sobre un caso, pese a su falta de cualificación
jurídica?


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