martes, 29 de abril de 2014

VEREDICTO FINAL: LA REDENCIÓN

Uno de los títulos más destacados de 1982, un año notable de producciones cinematográficas (“Tootsie”, “Victor o Victoria”, “La decisión de Sophie”, “Ghandi”) que, como tantos otros proyectos, conoció de repartos alternativos. Robert Redford estuvo a punto de ser el protagonista, pero no llegó a un acuerdo con los productores sobre el desarrollo de la historia y el enfoque del personaje y, finalmente, esa condición recayó en Paul Newman. También Burt Lancaster y Jill Clayburgh sonaron para participar en el filme que contaba con un guion del prestigioso dramaturgo David Mamet, que adaptaba una novela del autor Barry Reed, y con la dirección del siempre interesante Sidney Lumet, uno de los realizadores americanos más prolíficos de las últimas décadas y que se mantuvo al pie del cañón hasta su muerte en 2011.
 La elección de una gran estrella como Newman para un rol que concentra todos los elementos de un perdedor que busca a toda costa su redención, otorgaba a la película el atractivo de verificar las cualidades como intérprete de un rostro tremendamente popular entre el público y, por ende, acostumbrado a caracterizar en la pantalla a héroes más optimistas y seguros de sí mismos. Pero no hay que olvidar que uno de los grandes hitos de la carrera de actor había sido “El Buscavidas”(1961), una de las obras más pesimistas de la historia del cine americano. El tono que Lumet y Mamet impregnaron a la película fue solemne y sombrío, hasta con notables dosis de angustia, lo que hizo de “Veredicto Final” una cinta que trascendía de mera historia de abogados y juicios, con una atmósfera muy peculiar y unos personajes con innegable fuerza.
Sinopsis: Frank Galvin (Paul Newman) es un abogado alcohólico que ha caído en una espiral negativa en su vida profesional y personal que parece no tener fin. Apenas cuenta con clientela y los pocos casos que ha tenido en los últimos años, los ha perdido todos. Su degradación llega al punto de buscar en los entierros posibles clientes. Su viejo amigo y mentor Mickey Morriseu (Jack Warden) le consigue un caso en apariencia sencillo, para paliar su situación.

El asunto trata de una mujer en estado coma vegetativo por las complicaciones sufridas en el parto de su hijo. El mismo se produjo en el Hospital Santa Catalina dependiente de la Iglesia Católica y los médicos que la atendieron gozan de un considerable prestigio. La Iglesia y los familiares de la víctima quieren llegar a un acuerdo económico y archivar la causa. Además, los cirujanos cuentan como abogado defensor con el prestigioso letrado Edmond Concannon (James Mason), que dispone de  una corte de ayudantes de su influyente bufete.
Pero cuando Galvin visita a su “cliente” en el hospital y contempla el estado en que ha quedado queda impresionado de la tragedia que esa mujer ha sufrido y al entrevistarse con otro médico, el mismo le confirma que todo se ha debido a una negligencia  que ha convertido a esa desdichada en un “vegetal”. Entonces Galvin se cree capaz de ganar el caso, y rechaza una jugosa oferta económica lo cual le cuesta la hostilidad del Magistrado y de los familiares de la mujer en coma. Paralelamente, empieza una relación con una enigmática mujer (Charlotte Rampling) que en el fondo, se trata de una espía que el bufete de Concannon ha infiltrado en su vida, para obtener información privilegiada de la labor del letrado.
Las cosas se complican definitivamente cuando el testigo de cargo de Galvin desparece y el Juez rechaza un aplazamiento. Con pruebas poco sólidas y pleiteando contra el arsenal de una  institución como la Iglesia Católica y el poderoso oponente que significa Concannon, Galvin tendrá que luchar contra todos los elementos para lograr la justicia que en teoría, debe aplicarse en una corte.
En la heroica lucha de Frank Galvin contra la corrupción del sistema, subyace el viejo tema de David contra Goliat. El abogado no cuenta con más que un ayudante y su incansable trabajo para lograr aclarar la verdad de los hechos, mientras que sus rivales pueden disponer de todos los medios a su alcance, incluso con una espía de su débil enemigo. En realidad sólo Galvin busca la auténtica justicia: la Iglesia, los familiares de la mujer en coma y hasta el propio Juez quieren una solución pactada. Es fácil deducir la crítica de la película hacia esa forma de concluir las causas judiciales tan propio del sistema legal estadounidense, el evitar el costo de un juicio a cambio de una contraprestación económica que satisfaga a todos, algo que indudablemente favorece a los poderosos que pueden disponer de liquidez suficiente hasta para evitar sus responsabilidades penales. Cuando el arzobispo ofrece 210.000 dólares para concluir todo, Galvin se pregunta “¿Y nadie sabrá la verdad?”, aceptar ese cheque supone echar tierra de por medio de un caso en el que ha habido una grave negligencia médica. Los prestigiosos médicos seguirán en su profesión como si nada hubiese pasado y quizá siga habiendo más víctimas de sus irregularidades en el futuro, algo a lo que el héroe de la cinta se resiste.

Resulta asimismo, muy interesante el desarrollo del proceso, en que quedan reflejados varios de las características esenciales de los procedimientos judiciales como, por ejemplo, la fiabilidad de los testigos. El  presentado por la acusación que defiende la irregularidad de la anestesia practicada a la paciente y que desembocó en el fatal desenlace, es puesto en entredicho por su dudoso historial de actuar como perito en juicios de este tipo, y por haber hecho de sus declaraciones una fuente de ingresos. Además, es de color y un desconocido en la profesión, frente al presunto historial de los acusados, que son considerados primeras autoridades en esa materia. También Galvin tiene que luchar contra la evidente parcialidad del Juez (Milo O´Shea); se trata de un juicio con jurado, pero el Magistrado intenta manipular las declaraciones de los testigos para que las tesis de la defensa se vean reafirmadas, lo que provoca la airada reacción del abogado que le amenaza con recusarle, pedir juicio nulo y denunciar su posicionamiento.
Precisamente esa forma de resolver los litigios mediante la participación popular es el elemento clave en la resolución del asunto. Cuando todo parece perdido, Galvin consigue localizar a la enfermera que atendió a la parturienta en aquel fatídico día y la convence para que declare. Cuando se anuncia su nombre como testigo, el anestesista acusado pone cara de terror, y no es para menos. La enfermera declara que rellenó el formulario de ingreso de la paciente en el que consignaba que la misma había comido por última vez una hora antes de llegar al hospital. Ese dato fue obviado por los acusados que la intervinieron, y al aplicarse la anestesia la mujer se ahogó en su propio vómito. Cuando se dieron cuenta de su error los médicos obligaron a cambiar a la enfermera el dato de la hora de comida, bajo amenaza de despedirla si no lo hacía. Ante esa declaración tan explícita, Concannon reacciona poniendo en duda su testimonio y haciendo una alegación clásica en estos supuestos: qué veracidad puede tener alguien que en su día no denunció los hechos y ahora aparece como sorprendente testigo de cargo. Pero la enfermera guarda un as en la manga para verificar su declaración: guardó una fotocopia del parte de ingreso con la hora de comida declarada por la víctima.

Entonces los asistentes del abogado defensor localizan un precedente que implica la anulación de una fotocopia como prueba, el Juez fiel a su línea lo acepta e insta a los miembros del jurado a obviar de declaración de la testigo. Un Galvin resignado opta por un discurso final que apele a la conciencia de los miembros del jurado en su trascendente decisión. Unos instantes más tarde se conoce la decisión: los miembros del jurado declaran culpable a los médicos y señalan que debe incrementarse la cuantía de la indemnización a pagar por el hospital al haberse acreditado la negligencia. ¿El motivo de ese desenlace?. Sin lugar a dudas los miembros del jurado popular no hicieron caso del Juez y aceptaron el testimonio de la enfermera. En definitiva esa decisión muestra las claras diferencia entre los modelos resoluciones judiciales, en función que sean juicios con jurado con juez. Un profesional de la judicatura casi seguro que hubiese hecho caso al tecnicismo que invalidaba la prueba esencial del proceso, pero la justicia popular que emana de los ciudadanos de a pie se rige, sin duda, por otros parámetros.
Quizá estos aspectos de proceso insertado en la narración siguen siendo alguno de los elementos más destacados que han permitido que “Veredicto Final” haya sido considerada por el American Film Institute como uno de los mejores cuatro dramas judiciales de la historia del cine americano. En realidad, otros apartados del guion son, a fecha de hoy, algo más discutibles, como las imploraciones a que los pobres necesitan de la justicia para defenderse de los ricos, que suenan algo tópicas así como algunos diálogos pueden pecar de cierta simpleza. Por otro lado, el personaje femenino de Charlotte Rampling aparece un tanto forzado, y su desarrollo no parece muy lógico: por un lado es un impulso del abogado en sus peores momentos, mientras que por el otro filtra información a sus rivales, pero la presencia de la enigmática protagonista de “Portero de Noche” siempre es un aliciente en cualquier producción sin duda.
Quien sí salió reforzado por su actuación fue Paul Newman, que logró uno de los mejores momentos de su carrera con el atormentado Frank Galvin, con un trabajo que llega a transmitir la pesadumbre existencial de quien sabe que se trata de la última oportunidad para rehabilitarse personal y profesionalmente. Durante su larga y exitosa carrera el protagonista de “Dos hombres y un destino” tuvo que enfrentarse en no pocas ocasiones a numerosos críticos que cuestionaban sus auténticas capacidades como intérprete, pese a sus números éxitos y con este trabajo sumó una candidatura al Oscar que no se transformó en estatuilla pero si confirmó que a sus casi sesenta años seguía siendo uno de los actores con más registros de Hollywood. 

Pregunta:
 ¿El jurado debe de atender a tecnicismos jurídicos o mantener su impresión sobre una causa y decidir en consecuencia?

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