“A
few good men” fue,
sin lugar a dudas, uno de los grandes éxitos critico-comerciales de comienzos
de los 90. En realidad era un proyecto que trataba de confirmar las aptitudes
interpretativas de Tom Cruise, uno de los indiscutibles ídolos adolescentes de
la década anterior y que tenía sobre sí, todavía y pese a su participación en
cintas de contenido trascendente como “Rain
Man” (Barry Levison 1988) o “Nacido
el 4 de julio” (Oliver Stone 1989), un sambenito de tratarse de un mero
rostro atractivo para las quinceañeras de todo el mundo, en especial por el
descomunal éxito de “Top Gun” (Tony
Scott 1987) otra cinta militar, de indudable contenido patriotero y simplona en
cuanto planteamiento y desenlace. Cruise, ya entonces una estrella taquillera,
se las iba a ver nada más y nada menos frente a uno de los totems sagrados de
la interpretación contemporánea: Jack Nicholson, que interpretó finalmente al
oscuro coronel Natham Jessep en un rol
que había estado cerca de tener el rostro de Gene Hackman.
La película contaba además
con un reparto muy atractivo en los roles secundarios: Demi Moore, Kevin Bacon,
Kiefer Sutherland o J.T Walsh. Al frente de las cámaras Rob Reiner, una
elección correcta, al tratarse de un artesano con amplia experiencia en
productos comerciales, teniendo en cuenta que se trataba una película en la que
sus estrellas eran el principal reclamo de la misma. Eso junto con una historia
muy entretenida, basada en una obra de teatro escrita por Aaron Sorkin,
adaptada al cine por el mismo y que muestra un gran dominio de la construcción
de la trama y la búsqueda de intensos momentos climáticos, así como un lenguaje
elaborado e inteligente. No en vano
Sorkin sería con el tiempo uno de los guionistas más prestigiosos del mundo del
espectáculo americano, alcanzado gran reconocimiento con su serie de televisión
“El Ala Oeste de la Casa Blanca”, un
modelo de ficción de calidad, destacada por sus elaboradas historias. Su estreno mundial la convirtió en uno de los
éxitos del año con casi 250 millones de dólares de recaudación mundial, así
como cuatro candidaturas los Oscars; película, actor secundario (Nicholson),
sonido y montaje. A título de curiosidad destacar que el galardón al mejor
secundario de ese año fue a recaer en Gene Hackman por su papel en “Sin
Perdón”, el intérprete en el que se había pensado para el papel que al final
realizó Nicholson
Sinopsis: En la base
americana de Guantánamo se ha producido un oscuro suceso, el marine Willam T.
Santiago ha muerto en extrañas circunstancias. La investigación inmediatamente
posterior a su muerte apunta a que dos de sus compañeros pudieron hacerle en lo
que la jerga militar se conoce como “El Código Rojo”, un escarmiento
extraoficial debido a su bajo rendimiento en la instrucción, agravado por el
hecho de que en una de sus cartas al Estado Mayor pidiendo el traslado,
Santiago denunciaba prácticas irregulares en alguno de sus compañeros; pero el
castigo termina yéndosele de las manos a los marines y el soldado objeto del
mismo muere por asfixia. Al frente de la base se encuentra el coronel Nathan R.
Jessep, (Jack Nicholson) un respetadísimo y duro militar que dirige con mano de
hierro a sus hombres y que no vacila a la hora de afrontar decisiones
drásticas.
El ejército trata de investigar el asunto de
forma que la imagen de las fuerzas armadas no quede manchada y le asigna el
caso al joven abogado Daniel Kaffee (Tom Cruise) un alférez desenfadado y
dicharachero, especialista en llegar a acuerdos negociados con la parte
acusadora, con el objeto de sellar el asunto con un pacto benévolo por
homicidio imprudente con los dos presuntos autores del crimen. Pero la
asistente de Kaffe, la Capitán de Corbeta JoAnne Galoway, (Demi Moore) no está
de acuerdo con esa postura e insta al letrado a investigar más los hechos.
Cuando los dos miembros de la defensa indagan en profundidad, descubren que fue
Jessep el ordenante del Código. No obstante el encontrar pruebas
incriminatorias se hace una labor casi imposible, ya que el veterano militar ha
borrado todo rastro de lo acontecido y
sus hombres le temen hasta tal punto, que no resulta posible encontrar
testigos. Sólo la confesión de Jessep podría aclarar definitivamente lo que
ocurrió esa noche.
Planteada como un típico drama judicial, el “Algunos
Hombres Buenos” podemos encontrar un acertado retrato de la psicología de
los personajes principales. En un principio Kaffee, es un despreocupado militar
que juega al béisbol mientras resuelve casos de poca monta por medio de
acuerdos. Su elección parece responder a la clara intención de no hacer mucha
sangre del asunto. Sin embargo resulta interesante el papel de su ayudante
Galloway, como la voz de la conciencia del letrado. Tras la apariencia de
espontaneidad y desenfado, se encuentra una figura algo atormentada: su padre
fue un prestigioso Fiscal y Kaffe siempre ha temido no estar a la altura de las
expectativas creadas sobre él. Por eso llega a acuerdos rápidos y nunca ha
pisado una sala de juicio. Echar tierra al asunto supone seguir adelante sin
complicaciones, pero en su interior es consciente que esos dos marines no son
culpables en el fondo, sino que se tratan de los meros instrumentos de un poder
despótico (el de Jesseps) que los ha manejado sin ningún escrúpulo y ahora los
deja tirados. La insistencia de Galloway y sus insinuaciones que trata de huir
por cobardía le dan la motivación suficiente para seguir adelante aun cuando
las posibilidades de aclarar los hechos son remotas. Su defensa sólo puede
partir de una premisa: los dos acusados cumplían órdenes y la responsabilidad
última corresponde a los auténticos instigadores del castigo a Santiago saldado
de forma trágica. Por eso sus interrogatorios van destinados a crear en el jurado
la imagen de que el origen de la muerte se esconde en la forma de entender el
mando por parte de los oficiales de la base.
Es también interesante el comportamiento de
los militares implicados en el drama. Los marines acusados, nunca se han
planteado las órdenes que reciben, simplemente las obedecían sí o sí. En modo
alguno su mentalidad les permitía hacer un juicio de valor sobre la moralidad
de las actuaciones a que se veían obligados, nunca atendieron a que Santiago
era un chico débil y angustiado aunque, en su intención no estaba el asesinato,
sólo la reprimenda. El arrogante teniente Jonathan Kendrick (Kieffer
Sutherland) no muestra por el contrario, la más mínima compasión por la
víctima, para el mismo la tragedia se ha producido porque Santiago “no tenía
honor” y su falta de capacidad para el servicio la identifica casi como un
pecado bíblico. En realidad Kendrick, quizá el personaje más desagradable de la
película, es también un cobarde sin escrúpulos ya que comete testimonio perjuro
durante el juicio, al no querer admitir que él mismo se encargó de transmitir
las órdenes de aplicar el “Código Rojo” y en el fondo ve con buenos ojos la
muerte del marine: al estar en su pelotón, sus superiores le responsabilizaban
directamente de su bajo rendimiento.
Otro personaje secundario de mucha
importancia en la trama, pese a su breve papel, es el del Teniente Coronel
Matthew Markinson (J.T Walsh).
Compañero en el frente de Jesseps, con los años ha terminado por no reconocer
a su viejo camarada. Cuando se descubre la carta que Santiago ha mandado para
forzar su salida, percibe de forma inmediata el peligro que corre y recomienda
el traslado inmediato del mismo. Su petición es rechazada bajo amenaza de su
superior y cuando el fatal desenlace se produce, desaparece del mapa, para
luego reaparecer como testigo de cargo de la acusación. Pero al final el miedo
le supera y esa sensación de temor, unida al cargo de conciencia que pesa sobre
él, por no haber denunciado el peligro que corría la víctima provoca su
definitivo desmoronamiento y su suicidio vestido con su uniforme de gala.
La personalidad más fuerte sin lugar a dudas
del drama es el Natahm Jesseps. Héroe de guerra, eminencia militar del
pentágono, su perfil de mando no admite medias tintas: o se está con él o
contra él. “Yo desayuno todas las mañanas a trescientos metros de miles de cubanos adiestrados para matarme .
No crea pues, que puede ponerme nervioso con unas preguntas”, les escupe a
la cara a los dos letrados que han puesto en entredicho su versión. Hombre
duro, acostumbrado a la presión del frente, en ningún momento vaciló al ordenar
la represión del traidor de su tropa, además defiende sin reparo alguno la
aplicación de esos reprimendas en la instrucción militar. Sin embargo esconde un punto flaco: su inmensa
arrogancia y orgullo.
Estos perfiles son bien acompañados por un
electo de actores muy destacado: Cruise resulta algo excesivo en la composición
de su protagonista, pero en líneas generales logra generar empatía en el
espectador con su odisea en busca de la verdad y la reafirmación personal. Demi
Moore actúa a un nivel bastante superior a la media de sus trabajos, años antes
de convertirse de forma efímera en la actriz mejor pagada de Hollywood (cuesta
creerlo pero a mediados-finales de los 90 así fue) en una serie de películas más
bien infames, que sepultaron sus condiciones actorales, siempre discutibles y
el resto de secundarios (Bacon, Walsh
o Sutherland) cumplen muy bien con su cometido. Aunque por descontado quien se
come la película en sus apariciones es Nicholson, un actor sublime en
ocasiones, con tendencia natural a la sobreactuación que consigue integrar de
forma sorprendente en personajes tan complejos como el del implacable Coronel.
Si por algo ha pasado esta
película a la pequeña historia del celuloide, es por su escena final, de largo
uno de los momentos mas intensos del cine americano contemporáneo. Un ejemplo
modélico de desenlace dramático con duelo interpretativo en las alturas: el
joven Cruise contra la leyenda Nicholson.
Pongámonos en situación:
tras el suicidio de Markinson, la acusación se ha quedado sin su principal baza. Del juicio
no ha salido una prueba clara y concluyente de que la orden de trágico
desenlace partiera de Jesseps. Kaffee está a punto de tirar la toalla, y es de
nuevo la Capitán Galloway la que apela a su orgullo para disparar su último
cartucho: llamar al Coronel al estrado y obligarle a confesar. La idea en
principio es disparatada: no es probable que un viejo zorro como Jesseps se
derrumbe ante el acoso del imberbe Kaffe, y la acusación pública a un oficial
de un delito tan grave puede sellar su carrera en el ejército. Aun así, al
abogado decide jugarse el todo por el todo para lo cual desarrolla una
estrategia muy inteligente con objeto de desarmar las defensas del militar.
En el interrogatorio, Jesseps trata con
displicencia a su oponente, pero éste empieza a enredar a su testigo con
preguntas en apariencia insustanciales que en el fondo demuestran contradicciones
en las aseveraciones del Coronel, en las que defendía que había dado dos
órdenes tajantes respecto a Santiago: que nadie le tocara y que fuese
trasladado inmediatamente por el riesgo que corría. Si Santiago iba a ser
trasladado, ¿por qué no se lo dijo a nadie?, ¿por qué no había en su habitación
ninguna muestra que indicase que estaba preparando su marcha?. Ante esas
incómodas preguntas Jesseps empieza a perder la paciencia. Pero Kaffe prepara
su embestida final ante la otra de las presuntas órdenes del alto mando, la de que
Santiago no debía sufrir ningún daño . Durante el juicio todos los testigos han
coincidido en una cosa: en la base americana de Guantánamo los soldados cumplen
a rajatabla las órdenes. El propio Coronel se vanagloria que nadie osa en poner
en entredicho sus instrucciones, y que si eso se produjera la vida de sus
hombres correría peligro. Entonces ¿si sus órdenes eran no hacer daño a
Santiago, porqué corría riesgo y debía de ser trasladado?. Ante la trampa que
le ha tendido la defensa y en la que ha caído sin darse cuenta Jesseps empieza
a perder el control. Ha incurrido en contradicción en sus declaraciones y una
furia se empieza a apoderar de él:
Kaffe: Ahora le pregunto. ¿Coronel Jesseps, ordenó
usted un Código Rojo?
Juez: No tiene por qué contestar a la pregunta.
Jesseps: Responderé a la pregunta. ¿Quieres
respuestas?.
Kaffe: Quiero la verdad.
Jesseps: ¡Tú no puedes encajar la verdad¡………….
Vivimos en un mundo que tiene muros y esos muros han de estar vigilados por
hombres armados. ¿Quién va a hacerlo,
tú? ¿Usted, Teniente?. Yo tengo una responsabilidad mayor de la que tú puedas
calibrar jamás. Tú lloras por Santiago y maldices a los marines, tienes ese
lujo. Tienes el lujo de no saber lo que yo sé: que la muerte de Santiago,
aunque trágica seguramente salvó vidas y que mi existencia aunque grotesca e
incomprensible para ti salva vidas. Tú no quieres la verdad porque en zonas de
tu interior de las que no charlas con los amiguetes, me quieres en ese muro, me
necesitas en ese muro. Nosotros usamos palabras como honor, código, lealtad.
Las usamos como columna vertebral de una vida dedicada a defender algo, tú las
usas como broma. Y no tengo ni el tiempo, ni las más mínimas ganas de
explicarme ante un hombre que se levanta y se acuesta bajo la manta de la libertad
que le proporciono y después cuestiona el modo en que la proporciona.
Preferiría que me dieras las gracias y siguieras tú camino; de otro modo te
sugiero que cojas un arma y defiendas un puesto. De todos modos , me importa un
carajo, a qué creas tú que tienes derecho.
Kaffe: ¿Ordenó el Código Rojo?
Jesseps: Por supuesto que lo hice, joder…….…….
Este memorable final deja muy claro que
Jesseps siempre ha defendido que la dureza del ejército implica que las ideas
deben de estar por encima de los hombres. Que un marine mediocre muera no deba
importar a nadie, ya que luego en el campo de batalla su incompetencia implica
un riesgo para sus compañeros y su país. El mismo se ve como un iluminado, un
defensor de la democracia y la libertad, lo cual le hace irresponsable de actos
como el que ha ordenado. Pero sin embargo, su actitud en todo el proceso no ha
podido ser más deshonesta: ha mentido y falseado pruebas amén de dejar colgados
a los dos infelices soldados a los que dio una orden contra la que no podían rebelarse,
por discutible que resultara. Por problemática que pueda resultar para su
nación el perder a un soldado de su categoría, su modelo de mando implica una
corrupción latente en las fuerzas armadas, algo muy alejado del código de honor
que él dice defender. Los dos marines condenados terminan entendiendo que , si
bien, no les corresponde la responsabilidad última de su acción, si son
culpables de no haber defendido a un débil frente a las agresiones de los más
poderosos. Es una cinta, pues con moraleja y un cierto mensaje políticamente
correcto, aunque la sólida narración y el entretenimiento que provoca hace que
se olvide esa circunstancia
Por lo
tanto es fácil señalar al guion de Sorkin,
como una precisa pieza de relojería en la que todos sus elementos se
sincronizan de forma acertada, en realidad toda la construcción de la historia
tiene por objeto el final antes descrito, en un modelo de narración orientada a
un desenlace intenso. Al mismo tiempo la dirección de Howard es precisa y
dinámica. El origen teatral de la película es evidente, pero el director sabe
jugar bien con los exteriores que le permite una lujosa producción y la obra
adquiere así sentido cinematográfico. Es una buena muestra que el cine
comercial de estrellas no está reñido con la calidad y que el éxito puede
perfectamente venir acompañada de tramas interesantes y personajes complejos.
Preguntas:
¿En
un entorno tan jerarquizado como el militar; se deben de discutir en algún
momento la legitimidad de las órdenes? ¿ Es la resolución final la más correcta?



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