domingo, 23 de noviembre de 2014

EL JUSTICIERO: LA PRESIÓN SOBRE LA JUSTICIA

Figura legendaria donde las haya del cine y el teatro norteamericano, el realizador de origen griego Elia Kazan, fue un autor que nunca hizo ascos a temas de gran trascendencia social, que reflejaban las contradicciones de la, en teoría, opulenta sociedad estadounidense de la postguerra mundial. Situado en la primera etapa de su carrera en un cine que combinaba el realismo social con la estética del cine negro, “El Justiciero” no es una de sus obras más conocidas pero sí, desde luego, de las más interesantes tanto por su retrato de una pequeña comunidad, como por el análisis casi clínico que hace de los diversos intereses que se mezclan en un caso de asesinato, cuyo enjuiciamiento va mucho más allá de la mera aplicación de la Justicia.
Sinopsis: En una pequeña ciudad de Connecticut uno de los pilares de la comunidad, el sacerdote católico, es asesinado en circunstancias misteriosas, de un disparo en la nuca. Dada la popularidad del párroco en la ciudad, sobre la policía local que comanda el estricto jefe Robinson (L. J Cobb), pesa una gran presión para encontrar al asesino. La falta de resultados de la investigación es un gran problema para las autoridades estatales, que ven como la prensa hostil y la oposición política critica la ineficiencia de los poderes públicos para resolver el crimen cuando las elecciones están a la vuelta de la esquina. Ante las críticas recibidas se suceden los interrogatorios con indicios muy escasos
Finalmente, es detenido John Waldron (Arthur Kennedy), un ex soldado sin rumbo fijo en la vida, que deambulada por la ciudad en busca de empleo. Waldron es sometido a unos interrogatorios que minan su resistencia psicológica y termina confesando. Cuando llega el caso al fiscal de la zona Henry L Harvey (Dana Andrews), que además es apoyado por el grupo político que busca la reelección y por ende, interesado en la condena del sospechoso, parece que su posición en la causa va ser clara. No obstante cuando Harvey conoce en profundidad los detalles del caso, empieza a dudar de la culpabilidad del sospechoso, ante la irritación de todos ciudadanos, policía y compañeros políticos que ya han condenado de antemano al Waldron, más por necesidad de justicia inmediata que por la existencia de pruebas sólidas contra el mismo.
“El Justiciero está basado en unos hechos reales acontecidos en Connecticut, en la inmediata post-guerra, hasta el punto que puede considerarse como un documental dramatizado de los mismos. Kazan logró una película rigurosa, en la que su cámara empieza por mostramos la vida cotidiana de una población cualquiera donde la tranquilidad diaria se ve amenazada por un oscuro crimen, para luego adentrarnos en las consecuencias que tiene el mismo y, sobre todo, como los juegos políticos y la red de intereses que suele rodear a cualquier Administración termina por pervertir el análisis de los hechos.
En “El Justiciero” las autoridades políticas están obsesionadas por encontrar un culpable: no sólo por castigar el crimen cometido, sino por mostrar al electorado que su labor es eficiente. En función de ello la policía es incitada a resolver el caso por la vía rápida e incluso a saltarse las garantías de los ciudadanos en busca de resultados efectivos: las detenciones injustificadas se suceden a a limón de críticas en la prensa por la falta de eficacia de las autoridades. Cuando al final, un sospecho es identificado por testigos , el mismo es sometido a una presión psicológica que vulnera sus derechos en busca de su confesión. El fiscal, asimismo, recibe advertencias políticas para acelerar el procesamiento y la condena a muerte del acusado: es la sociedad quien reclama que un culpable, quien sea, pague la alteración que ha sufrido la convivencia.
Es especialmente destaca ble la figura del acusador que encarna el siempre efectivo Dana Andrews, un rostro esencial del cine negro de aquellos años. La misma representa el dilema que se plantea en muchos de los fiscales de las sistemas democráticos occidentales; por un lado es un miembro esencial de un sistema judicial que busca la aclaración de la verdad, al mismo tiempo su designación y apoyo procede del partido político que gobierna en el momento. La lucha entre la independencia de su criterio y los intereses de aquellos que le han ayudado en su carrera e incluso pueden promoverle a Gobernador está servida. Harvey no cree en la culpabilidad de Waldron, pero si no logra su condena, algunas personas influyentes de la ciudad, que le sirvieron para lograr su posición, se pueden ver amenazados. La pérdida de las elecciones puede implicar que algunos negocios oscuros salgan a la luz, y el fiscal es amenazado y presionado para que no siga los dictados de su conciencia y adopte una posición más pragmática; cosa que al final no hará.
Otro de los hechos a tener muy en cuenta en la cinta es como muestra que la sociedad, ante un crimen que la escandaliza, busca un inmediato castigo que choca con las garantías que en todo sistema moderno de derecho tienen los acusados. La indignación social provoca un aumento de la exigencia a policías y tribunales en el castigo al delito y la consecuencia de ellos no es sino la posible detención y penalización de inocentes con pruebas muy poco consistentes. Kazan no quiere una cinta judicial de las que tanto proliferan  en el cine americano en la que un abogado de aires mesiánicos obtiene la absolución de un inocente acusado injustamente; sino el reflejo objetivo de todos los condicionantes que pueden rodear al aparato que imparte la Justicia: prensa, políticos, intereses económicos, trascendencia social de la causa, legalidad en las actuaciones del poder, los límites en la labor de las fuerzas de seguridad, la independencia de los integrantes en el proceso y por su puesto la moralidad de los actores del drama. Un pequeña joya cinematográfica digna de rescatar.


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