Figura legendaria donde las haya del
cine y el teatro norteamericano, el realizador de origen griego Elia Kazan, fue
un autor que nunca hizo ascos a temas de gran trascendencia social, que
reflejaban las contradicciones de la, en teoría, opulenta sociedad
estadounidense de la postguerra mundial. Situado en la primera etapa de su
carrera en un cine que combinaba el realismo social con la estética del cine
negro, “El Justiciero” no es una de sus obras más conocidas pero sí, desde luego,
de las más interesantes tanto por su retrato de una pequeña comunidad, como por
el análisis casi clínico que hace de los diversos intereses que se mezclan en
un caso de asesinato, cuyo enjuiciamiento va mucho más allá de la mera
aplicación de la Justicia.
Sinopsis: En una pequeña ciudad de
Connecticut uno de los pilares de la comunidad, el sacerdote católico, es
asesinado en circunstancias misteriosas, de un disparo en la nuca. Dada la
popularidad del párroco en la ciudad, sobre la policía local que comanda el
estricto jefe Robinson (L. J Cobb), pesa una gran presión para encontrar al asesino.
La falta de resultados de la investigación es un gran problema para las
autoridades estatales, que ven como la prensa hostil y la oposición política
critica la ineficiencia de los poderes públicos para resolver el crimen cuando
las elecciones están a la vuelta de la esquina. Ante las críticas recibidas se
suceden los interrogatorios con indicios muy escasos
Finalmente, es detenido John Waldron (Arthur
Kennedy), un ex soldado sin rumbo fijo en la vida, que deambulada por la ciudad
en busca de empleo. Waldron es sometido a unos interrogatorios que minan su
resistencia psicológica y termina confesando. Cuando llega el caso al fiscal de
la zona Henry L Harvey (Dana Andrews), que además es apoyado por el grupo
político que busca la reelección y por ende, interesado en la condena del
sospechoso, parece que su posición en la causa va ser clara. No obstante cuando
Harvey conoce en profundidad los detalles del caso, empieza a dudar de la culpabilidad
del sospechoso, ante la irritación de todos ciudadanos, policía y compañeros
políticos que ya han condenado de antemano al Waldron, más por necesidad de
justicia inmediata que por la existencia de pruebas sólidas contra el mismo.
“El
Justiciero” está
basado en unos hechos reales acontecidos en Connecticut, en la inmediata post-guerra,
hasta el punto que puede considerarse como un documental dramatizado de los
mismos. Kazan logró una película rigurosa, en la que su cámara empieza por mostramos
la vida cotidiana de una población cualquiera donde la tranquilidad diaria se
ve amenazada por un oscuro crimen, para luego adentrarnos en las consecuencias que
tiene el mismo y, sobre todo, como los juegos políticos y la red de intereses
que suele rodear a cualquier Administración termina por pervertir el análisis
de los hechos.
En “El Justiciero” las autoridades
políticas están obsesionadas por encontrar un culpable: no sólo por castigar el
crimen cometido, sino por mostrar al electorado que su labor es eficiente. En
función de ello la policía es incitada a resolver el caso por la vía rápida e
incluso a saltarse las garantías de los ciudadanos en busca de resultados
efectivos: las detenciones injustificadas se suceden a a limón de críticas en la
prensa por la falta de eficacia de las autoridades. Cuando al final, un sospecho
es identificado por testigos , el mismo es sometido a una presión psicológica
que vulnera sus derechos en busca de su confesión. El fiscal, asimismo, recibe
advertencias políticas para acelerar el procesamiento y la condena a muerte del
acusado: es la sociedad quien reclama que un culpable, quien sea, pague la alteración
que ha sufrido la convivencia.
Es especialmente destaca ble la figura
del acusador que encarna el siempre efectivo Dana Andrews, un rostro esencial
del cine negro de aquellos años. La misma representa el dilema que se plantea
en muchos de los fiscales de las sistemas democráticos occidentales; por un
lado es un miembro esencial de un sistema judicial que busca la aclaración de
la verdad, al mismo tiempo su designación y apoyo procede del partido político
que gobierna en el momento. La lucha entre la independencia de su criterio y
los intereses de aquellos que le han ayudado en su carrera e incluso pueden
promoverle a Gobernador está servida. Harvey no cree en la culpabilidad de Waldron,
pero si no logra su condena, algunas personas influyentes de la ciudad, que le
sirvieron para lograr su posición, se pueden ver amenazados. La pérdida de las elecciones
puede implicar que algunos negocios oscuros salgan a la luz, y el fiscal es
amenazado y presionado para que no siga los dictados de su conciencia y adopte
una posición más pragmática; cosa que al final no hará.
Otro de los hechos a tener muy en cuenta en la
cinta es como muestra que la sociedad, ante un crimen que la escandaliza, busca
un inmediato castigo que choca con las garantías que en todo sistema moderno de
derecho tienen los acusados. La indignación social provoca un aumento de la
exigencia a policías y tribunales en el castigo al delito y la consecuencia de
ellos no es sino la posible detención y penalización de inocentes con pruebas
muy poco consistentes. Kazan no quiere una cinta judicial de las que tanto
proliferan en el cine americano en la
que un abogado de aires mesiánicos obtiene la absolución de un inocente acusado
injustamente; sino el reflejo objetivo de todos los condicionantes que pueden
rodear al aparato que imparte la Justicia: prensa, políticos, intereses económicos,
trascendencia social de la causa, legalidad en las actuaciones del poder, los
límites en la labor de las fuerzas de seguridad, la independencia de los integrantes
en el proceso y por su puesto la moralidad de los actores del drama. Un pequeña
joya cinematográfica digna de rescatar.


No hay comentarios:
Publicar un comentario